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sábado, 6 de agosto de 2011

sábado, 16 de julio de 2011

Perfidias

Resulta que en no mucho el CCCB de Barcelona acoge un... algo que, bajo el nombre de La perfidia de tu amor, pretende recuperar la memoria de los antiguos y germinales bailes agarraos. "Todos somos hijos o nietos de un primer baile", dicen. Y en ese convencimiento, me invitaron a enviarles un texto que debía tener tintes biográficos. Me invitaron a que les presentara mi baile, vamos.

Y como nunca hubo, ni ha habido, ni habrá un baile en mi vida, sólo me salió esto.

La perfidia de mi falta de ritmo
Hechos muy lamentables nunca sucedidos en El patio andaluz, Barcelona

Corrían los felices 90, año 10 a.C. (antes de la Crisis). En otro tiempo, en otra geografía, compartí mi vida con una mujer algo mayor que yo, de nacionalidad colombiana. Fue una historia labrada entre renuncias y miedos, urdida con la paciencia de un relojero, dicho sea de paso, no muy preciso. Finalmente, las muchas cosas en común, los largos paseos nocturnos, la complicidad y el conocimiento de nuestras propias rarezas y excepciones –quizá el amor no sea más que un alto grado de afinidad- inauguraron el primer capítulo del que debía ser libro de mis desengaños (copiosamente prologado en mi adolescencia. No podía ser de otro modo).

Fueron cuatro años de amor in disminuiendo, en los que una vez, una noche, unos minutos –probablemente unos segundos- habitó una sonrisa plena y perfecta. Fue durante un baile.

Carezco de ritmo. Por completo. En cierta ocasión, confundieron uno de mis conatos de baile con un ataque de epilepsia.

Ella, a la que llamaremos… Dejémoslo en ella, como buena colombiana –el tópico es el tópico es el tópico- llevaba el ritmo en las caderas. Y yo, en mis pálidos cachetes posteriores. Pero aquella noche –aquel minuto, aquellos segundos-, me lancé al baile. La culpa no fue del cha-cha-chá. Más bien, fue del pa-cha-rán. Y allí que me lancé: pie derecho adelante, pie derecho al lado, pie derecho al centro, pie izquierdo adelante, pie izquierdo al lado, pie izquierdo al centro. Con gesto convencido. Rozando su cintura con mis dedos, palma sobre palma las manos, mientras ella sonreía.

¿El resultado? Que al cabo de poco –pie derecho, pie izquierdo- me torcí un tobillo.

No obstante, aquello generó una expectativa. Y durante años, ella quiso que fuéramos a bailar a El patio andaluz, en Barcelona ¿Por qué? Porque siendo yo español –el tópico es el tópico es el tópico- debía de llevar el duende y el quejío en las venas, aventuraba.

(Y esa es una mentira que suele cuajar. Seguramente Inka, una mujer nórdica que completó un Erasmus en Barcelona, aún recuerda el fuego latino de aquel español moreno, tan mediterráneo, que la llevó a bailar tantas noches. El problema es que el fogoso latino se llama Jaume, y es de Sabadell. Aunque, claro, ella se llama Inka, y es de Uppsala…)

Pasaron los años, y oculto tras la perfidia de mi falta de ritmo, siempre aduje un inconveniente para evitar la visita a El patio andaluz. Pasaron los años, decía, y ella se hartó. Tras dolorosa conversación, nos devolvimos los regalos –ella quiso algo más que el rosario de su madre-. Le pregunté por qué. Por qué. Por qué.

“Porque no sabes bailar”, replicó.

Al cabo –al muy poco cabo, por cierto-, encontró a otro hombre. Que sí sabía bailar. Hoy, son pareja estable y padres de dos niños.

Y yo –la perfidia me persigue-, tras cerrar el primer capítulo del libro de mis desengaños, pude abrir el segundo.

Lo peor de todo es que lo abrí, precisamente, en El patio andaluz.

Lo que es la vida…

sábado, 26 de marzo de 2011

jueves, 24 de febrero de 2011

(Te) Mareas

Como aquella vez debía ser algo así, considero mi honor un poco más a salvo...

Aunque gusten esas Mareas

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Incongruencias

Soy alérgico al pelo de gato, y no reacciono demasiado bien ante todo lo que desprenda el mundo animal. Los perros me odian tanto como yo les temo, por algo que ya contaré aquí. Y entonces, ¿por qué esta escena me parece fascinante?


miércoles, 17 de noviembre de 2010

Love will tear us apart

Lo recupero sin más y sin intención de aquella Casa de nieve original, donde a su vez fue rescatado del verano de 2002. Sin tocar ni una coma, ni aquella primera vez ni ahora. Quizá debería arrepentirme


Él soñó un amor rutinario, besos y algunas sonrisas, duradero pero invariable. Ella lo contempló y se enamoró de esa visión: un café juntos al mediodía, un te quiero mojado en lluvia; algo conocido aunque un tanto misterioso que se renovaba por puro amor. Él aborreció su propia visión, pero se enamoró de la de ella: un amor montaraz y despechado, de pasión sensorial. Olía a sudor y sábanas húmedas; sabía al aliento hueco de las mañanas, a días de ausencia para justificar el momento del reencuentro. Tenía la memoria de otros hombres, de otras mujeres, en los que encontrar el puro amor, que era puro por deseo, por codicia.

Ella se avergonzó de su sueño: se sintió sucia, desechada, humillada por si misma, como se humillan los corderos antes de ser sacrificados, como si se entregara sin valentía, sin enfrentarse a su verdugo. Le pareció una pasión vergonzante, como lo fue la noche entera: un placer vacuo, inmundo, corporal, terrenal, humano. Volvió al sueño de él y se encontró paseando por una ciudad sin nombre, de arquitectura múltiple, gótica y románica, mientras se agarraba a su mano. La ciudad se desvaneció y sólo quedaron sus manos entrelazadas y sus pies desnudos caminando sobre una superficie gris con tacto de hierba. Buscó su mirada y no la encontró: vio unos ojos blancos y húmedos, como sábanas desechas, y volvió a humillar la cabeza por vergüenza, aunque lo que sentía era culpa.

El no atendía a su sueño, sólo quería el de ella y buscaba su cuerpo en una cama húmeda; su cuerpo, una vez más, sólo su cuerpo desnudo para acariciarlo suavemente, aunque lo desee con violencia. Debía poseerlo una vez más antes de desvanecerse, de cruzar el umbral de la puerta, que es también el del tiempo y el del espacio, y llenarse de pasión, de una pasión renovada, alimentada por ella. Quería estar con otras mujeres para volver a ella insatisfecho, hastiado, y poder poseerla otra vez; necesitaba perder el amor, arriesgarlo entre infidelidades y celos para poder sentir; sentir una vez más, vivir la novedad, la entrega, la esperanza de ella cuando él sabe que se irá, se irá, aunque volverá con su carga de vergüenza para buscar a su amor soñado, porque sabe que sólo perdiéndolo puede encontrarlo.

Ella quiso deshacerse de su sueño en cuanto sintió la atracción que le conmovía. Quiso alterar el tiempo, desordenar la memoria para vivir en el eterno presente. Y lo hizo: logró que la prehistoria se situase inmediatamente después del mañana, y que lo contemporáneo y lo antiguo convivieran en un ayer que ya es futuro. Quería que siempre fuese hoy, y que mañana nunca llegara para que él no se fuera, para que no tuviese sentido acabar con la noche y perderse en el amor de otras mujeres, en camas ajenas y sábanas por deshacer, que le alejarían a él de ella y a ella de su sueño. Pero él lo impidió: reordenó el tiempo con la paciencia del relojero; separó la convivencia antinatural de antiguos y contemporáneos hasta recobrar el orden. Y en el orden, su sueño era la trampa, la rutina, la ternura caduca que contrasta con el amor perenne de la búsqueda de un recuerdo. Se ahogaba en las olas de la felicidad de ella, en el pasar de un día tras otro, y así hasta la muerte, que era ansiada por lo que tenía de novedosa.

El amor debía morir por la vía del dolor, como mueren los grandes amores, los no correspondidos, los fugaces e intensos, los largos y cadenciosos. Cada segundo de sueño se transformaba en distancia, que sólo tendría sentido al final, en el despertar que les convertiría en dos seres solitarios unidos por la fibra que les separa. Solitarios, incompletos el uno sin el otro, y separados por cada minuto que pasaban juntos.

A esa madrugada de sueño le siguieron años de ensoñación. Cada noche de ese tiempo se encontraron para buscar el sueño adecuado, la visión deseada del amor al que aspiraban y del que no eran dueños. Y así, el amor les fue separando, mientras se buscaban el uno al otro para completarse, no entre los dos, sino cada uno a través del sueño del otro. Y de ese nexo fatal surgió la distancia, y de ésta, el olvido de sí mismos, que sólo fueron completos la primera noche, que languideció para siempre como un sueño ausente.

martes, 2 de diciembre de 2008

Mi vídeo gay

A vueltas del visionado, tras experiencia frustrada, de Mamma Mía! por parte de Mninha y el acertado comentario del Señor Invitado al respecto, me veo en la penosa obligación –tal vez porque, con la edad, a uno le sobreviene la necesidad de limpiar la conciencia- de relatar mi pronta experiencia con la homosexualidad y el vídeo que, inconscientemente, protagonicé al respecto. No sin antes, eso sí, de darle la razón a Mninha, que también hay Colinfirthizistas entre los hombres heterosexuales. La salida del armario del señor Darcy de El Diario de Bridget Jones con humedecido abrazo a musculado efebo –no en vano estamos en Grecia- es: 1. Vergonzante, en cuanto constituye la más pacata asunción de la homosexualidad propia de la historia, más en comparación con Brokeback Mountain; y 2. Nuevamente vergonzante, porque Colin Firth debe ser siempre o bien ese héroe decimonónico que toma un inspirador baño en la campiña británica, bien ese perfeccionista irredento que dobla sus calzoncillos sobre una silla antes de irse a dormir. Ni más, ni menos.

Pero vamos a lo que vamos: corría 1979, Suárez era Presidente y España, dicen hoy, se adentraba en el proceloso mar de la incierta transición. Por aquel entonces, tenía yo unos cuatro años y, sin hermanos, sin amiguitos (Me prohibían jugar con los niños en el parvulario porque, al parecer, manifestándoles mi cariño les hacía daño, ya que se ve que era un niño bastante sobredimensionado –lean grande- para la edad que tenía. Vamos, como el mito de Frankenstein); sin amiguitos, decía, pasaba mi primera infancia en compañía de dos vecinitas, que entonces tenían 11 años, y de mi primo –omitiré el nombre, llamémosle Rupert-, que debía tener unos 12. [Lo de tener yo cuatro años y tener proximidad con dos vecinitas –una rubia, otra morena- de 11 añitos me hizo lamentar que esa relación no prosperara en el tiempo. Porque mis 14 años hubieran sido bien distintos si hubiera conservado la, ejem, proximidad con dos vecinitas, una rubia y otra morena, que contaban entonces con 21. Aunque entonces ya no eran mis vecinitas. Maldición.]

Mi primo Rupert, a sus doce años, era un niño con sobrepeso, rizos, gafas de concha y nulos amigos, que prefería la compañía de niñas antes que jugar al fútbol y que gustaba de la soledad, lo que le hubiera convertido en el candidato ideal para presentar el difunto Las Gafas de Angelino. De esa soledad se derivó una pronta afición al cine, que compartía tangencialmente con mi padre, que se sirvió de una cámara de Super8 para registrar mis primeros pasos por el mundo. Aquellas cintas mudas de tres minutos, que van camino de cumplir 30 años, fueron tanto el testimonio de una época como el material de trabajo de mi primo Rupert para hacer un montaje de vídeo con las imágenes de mi infancia añadiéndoles la música del momento. Perpetró tal horror en 1982, ya en plena adolescencia. Y el resultado, que nadie va a ver jamás –excepto en reuniones familiares a las que no están invitados, y sólo en caso de extrema necesidad o tedio-, es más o menos como sigue.

El vídeo comienza conmigo en la piscina, a los cuatro años, en la desnudez propia de los bañadores de la época mientras, poco a poco, el The winner takes it all de Abba hace acto de presencia.



Como elemento de transición, Rupert no tuvo mejor idea que añadir algunas escenas de Barbarella en las que Jane Fonda se rendía a los pies de ese Ángel rubicundo que tanto remitía a San Sebastian, mito gay por excelencia.



No contento con eso, el corte daba paso a la escena en la que mis vecinitas –Pati y Vicky, se llamaban: más madera- jugaban conmigo y con una réplica de Ruperta, la calabaza del Un, dos tres, al son del lamentable y antipedagógico I can boogie de Baccara, las Abba hispanas, en el cual una señora de Madrid y otra de Logroño hacían buena la pronunciación inglesa de Raphael en Aquarius y que, dice la Wikipedia, representaron a Luxemburgo en Eurovisión 1978.



Y como colofón, sobre las imágenes de la Fiesta Deportiva de mi colegio, y mientras exhibía la torpeza que me resulta innata y ya, a la tierna edad de seis años, dejaban bien a las claras que jamás podría ganarme la vida con cualquier actividad, deportiva o no, que requiriera del esfuerzo físico, Rupert concluía el crimen poniendo de banda sonora El Mundial, la casposa y cañí canción que Plácido Domingo grabó para el Mundial 82 –el de Naranjito-, y que, entiendo, le daba el toque Almodovariano a la creación de mi primo, al que –creo que es necesario aclararlo- no he repudiado.



Con el tiempo, y en cada visionado de la cinta, observé como mi padre, en plena vicisitud, disculpaba algunos excesos sosegando a los presentes con frases del tipo: “Es que esa canción se escuchaba mucho en esa época”; “Es que Abba estaban de moda entonces”; “Es que esa película se acababa de estrenar”. Obviamente, no podía decir la única verdad: “Es que mi sobrino, que entonces tenía 15 años, ya apuntaba maneras y decidió, probablemente sin capacidad para considerar las futuras implicaciones de su trabajo, que convertir la infancia de mi primogénito en una reunión de pluma añeja bañada en el aceite que se le desprendía mientras llenaba la pantalla de futuros iconos del mundo de las Drag Queens y con la única aparición de un hombre musculoso y semidesnudo, a medio camino entre el David de Miguel Ángel y el Eusebio Poncela de La Ley del Deseo, era lo más adecuado”.

Hoy, en 2008, mi primo Rupert es un acaudalado abogado que vive felizmente con su marido en un barrio de clase alta de Barcelona (aka Gafapastown). No podía ser de otra manera. Su salida –oficial- del armario aconteció en 2003, y en mi familia hubo quien se escandalizó, a pesar de haber visto mi vídeo gay. Y es que tiene que haber gente para todo.