Si un perro, un chucho cualquiera, quizá menudo e inteligentemente cobarde, suma de mil razas -hijo de mil perros-, procrease hoy podría tener una camada de seis cachorros.
Si esos seis cachorros, al cabo de cinco años, tuviesen cada uno una camada de otros seis cachorros, el perro original -el chucho cualquiera, al que pasaremos a llamar Ser Superior- sería abuelo de 36 cachorros.
Si a su vez esos 36 cachorros, al cabo de otros cinco años tuviesen descendencia en otras tantas camadas de seis perritos, el Ser Superior, en sólo tres generaciones, tendría 216 descendientes.
Y si así, si cada cinco años desde ese hipotético año 2021, los descendientes del Ser Superior procreasen a los cinco años de nacer y tuviesen camadas de seis cachorros, un día, en el no tan lejano 2111, el Ser Superior, el chucho cualquiera original, tendría -respiremos- 21.936.950.640.377.900 descendientes. Casi 22.000 billones de perros.
¿A que ese chucho cualquiera -ese Ser Superior- ya no parece tan poca cosa?
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viernes, 20 de mayo de 2011
lunes, 9 de mayo de 2011
miércoles, 27 de abril de 2011
jueves, 7 de abril de 2011
miércoles, 23 de marzo de 2011
lunes, 21 de marzo de 2011
Louise Élisabeth Vigée Le Brun
Joven e ilusionada a los 36 años, dices, y tienes razón. Aunque pinte sus canas, y se sorprenda de la palidez de su propia piel.
Joven e ilusionada en Florencia, en la primera etapa de un exilio de más de una década. Quizá por eso tuvo que pintar sus propias canas: aquella revolución no entendía que ella también era una revolucionaria. Que ella también era Libertad. Que ella también era Igualdad.
Joven e ilusionada, con su boca entreabierta. Y sus dientes, perfectos –todo un lujo en el siglo XVIII-. Pequeños y perfectos, enmarcados por el tenue brillo de unos labios jóvenes e ilusionados. Aunque en los ojos, en los párpados, se le adivinen demasiadas noches de pesadilla, de brumas y carreteras hostiles.
Aunque también habite la luz de dos copos de nieve en las pupilas.
Joven e ilusionada, tal vez, porque Julie le sonreía, y le restaba gris a sus lienzos.
Y se soñaban en la Galleria degli Ufizzi.
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miércoles, 2 de marzo de 2011
Cantas
Y a veces, hasta como una pera
Podría echar de menos la pequeña tormenta de desorden. Que la cafetera siempre tenga que estar a punto. La despensa llena de galletas improbables. Tus cosas esparcidas por el cuarto de baño. O los periódicos, periódicos, revistas, suplementos y periódicos.
Pero lo peor de todo, lo peor de cuando te vas, de cuando te sigues yendo, es el silencio.
Es el mayor vacío.
Cantas. No te das cuenta pero cantas. Night and day. What a little moonlight can do. Beethoven. Tarareas y mueves las manos. Y cantas con una sonrisa. Como si siguieras escondiéndote junto al árbol de luz para leer. Como si nadie te viera. Como si quisieras que nadie te viera.
Cantas. Y finjo música para no darme cuenta de que no estás.
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sábado, 19 de febrero de 2011
jueves, 20 de enero de 2011
martes, 4 de enero de 2011
Sigues aquí
Del libro que leemos mientras se va escribiendo
"El fantasmita, tu libro, tu cepillo de dientes, el secador; los Papa Noeles de Zara Home, las cosas que has tocado, las mantas que te han arropado; tus toallas, tu mesita de noche, tus vaqueros -tan breves y perfectos-, las delicias turcas; los libros que curioseas, el capítulo de Ulises 31 que no vimos -que aún tenemos que ver-, los brincos de Brincos; el rincón de leer -que es tuyo-, el sofá que te añora, Calvin -al que algún catalán habrá dejado tuerto-, los desayunos encantadores, la taza que pusiste boca abajo, el café de por las mañanas, la pequeña tormenta de desorden que te acompaña cada vez que llegas y que tanto me llena contemplar."
lunes, 3 de enero de 2011
sábado, 1 de enero de 2011
Smile for me little one
Es la primera niña del 2011. Nació en Villarreal cuando sólo pasaban 12 minutos de la medianoche. Y se llama Claudia.
domingo, 19 de diciembre de 2010
La chimenea
Christmas Tale enmoñecido
Para la pequeña Mary Royl, la Navidad no era cualquier cosa. Era su época preferida del año. Ni siquiera el largo invierno anterior ni tampoco Dunkeld le habían podido alejar de los días que esperaba con más ansia. Cada año, su pequeño cuerpecito se armaba de valor y arrastraba un abeto que le doblaba en tamaño, y que ella decoraba con paciencia y mimo. Cada año pasaba horas y horas recortando, cosiendo y pegando sus adornos navideños: renos de lana, guirnaldas de dorado y verde, acebo y lazos de tela escocesa. Y también cada año se esmeraba en la cocina para preparar pasteles con jengibre y canela, y mermeladas y compotas que mezclaban arriesgadamente lo dulce y lo agrio.
Pero ese año era especial. Diferente. Al fin la pequeña Mary Royl había conseguido una chimenea.
No tuvo que rogar demasiado a las gentes del pueblo. Sí, es verdad, siempre la recibían con una sonrisa y le prometían que pronto, muy pronto, cumplirían con su deseo, cualquiera que fuera. Hasta con aquella extraña y breve pasión que sintió por los globos, y su insistencia en que le construyeran uno para poder elevarse y pintar a todo el mundo desde arriba –estaba harta de su pequeñez, y de ver el mundo desde abajo-. Pero ese año su pasión por la chimenea no caducó, como otras, a las tres semanas. Insistió durante horas, días, semanas y meses. Y un domingo, los vecinos del pueblo, por una vez sin sonrisa, le abrieron una chimenea en su casa.
Y la muy pequeña Mary Royl saltaba de alegría.
Y así llegó la Nochebuena, y la extrañeza de los vecinos de aquel pequeño pueblo. La chimenea de Mary Royl no humeaba. Las luces de la casa estaban encendidas –también las del árbol- y los destellos del rojo, del oro y del verde se veían claramente a través de las ventanas.
Pero la chimenea no humeaba.
La pequeña Mary Royl estaba sentada frente a su nueva chimenea atrapada por la sonrisa. Llevaba tres pares de calcetines, se cubría con dos mantas y sólo las yemas de sus dedos, la nariz y los labios se le asomaban debajo de todos aquellos jerseys, abrigos y bufandas.
La pequeña Mary Royl era feliz en su chimenea mágica del revés. Había abierto el tiro para darle la vuelta. No quería un foco de calor, sino un foco de frío. No quería una hoguera, sino una puerta abierta al cielo, a la nieve.
El hogar de la chimenea no alojaba troncos y piñas secas, y viejos papeles y llamas. El hogar de la chimenea estaba iluminado por la luna, que entraba de plano por el tubo y se reflejaba en la campana. Y poco a poco la nieve iba cuajando sobre aquel pueblo de trapo y cartón que había construido en la base.

Los pequeños y mínimos bancos hechos de ramas se iban volviendo blancos, y también aquellas farolas hechas de lápiz y caramelos de miel. La gente, los pequeños habitantes inertes del mundo de Mary Royl, caminaban llevando paquetes y regalos, y aquel pobre carnicero mantenía a duras penas el equilibrio ante el acoso de tantos perritos: ¡A quien se le ocurre llevar dos kilos de filetes en una bandeja a plena luz de luna! La pequeña Mary Royl batía palmas con la música imposible que surgía de aquel pub que ella misma había levantado con lona y varias tablitas de madera que había lijado con tanta paciencia, y casi podía oler el vino caliente y el ponche con el que todo el pueblo se felicitaba las fiestas. Y se sonreía por los niños, por aquellos niños que, a hurtadillas y yendo por debajo de las mesas, habían conseguido colarse tras la barra y estaban llenando de vino una botella vacía. Y sentía su ansiedad, y el pálpito adelantado de la madurez, y se enternecía al pensar en aquellos pequeños bebiendo con muecas de asco aquel vino, ya en el bosque, sólo para sentirse mayores, mientras hablaban de los regalos que –seguro- abrirían a la mañana siguiente…
La nieve seguía cayendo por la chimenea de la pequeña Mary Royl, y su pequeño universo seguía tiñéndose de blanco, y de silencio. La noche avanzaba, y todo se iba quedando vacío. Los tejados brillaban como plata, las lámparas de miel y lápiz cada vez reflejaban menos luz. Las chimeneas –en aquel pequeño pueblo imaginado también habían chimeneas- se iban apagando mientras dejaban tras de sí olor a leña, a paz, a frío…
La pequeña Mary Royl escuchó un ruido súbito, y salió de su fantasía.
En su chimenea, su hogar había desaparecido. El tiro seguía abierto, pero sólo quedaban troncos chamuscados, fríos. Ceniza y carbón. Todo era nostalgia de fuego.
Y se preguntó si no lo habría soñado.
Escuchó otro gruñido. Dos, tres… Alguien se peleaba en la puerta de su casa. Qué insolencia.
Cuando miró por la ventana, se encontró con un montón de perritos que se peleaban por un filete. Al fondo, el carnicero lamentaba su suerte y llevaba lo que había sobrevivido de la bandeja hacia el pub. En la puerta, un grupo de niños esperaban a entrar sin que nadie les viera, y la pequeña Mary Royl vio el reflejo de una botella vacía.
Olía a ponche, y a vino caliente. Y la nieve caía y cubría unos bancos mínimos y frágiles.
Y entonces sonrió: en medio de la calle, como esperándola, había una enorme caja coronada por un lazo de cinta escocesa. Estaba debajo de una farola hecha de lápiz, y coronada por un caramelo de miel.
Pero ese año era especial. Diferente. Al fin la pequeña Mary Royl había conseguido una chimenea.
No tuvo que rogar demasiado a las gentes del pueblo. Sí, es verdad, siempre la recibían con una sonrisa y le prometían que pronto, muy pronto, cumplirían con su deseo, cualquiera que fuera. Hasta con aquella extraña y breve pasión que sintió por los globos, y su insistencia en que le construyeran uno para poder elevarse y pintar a todo el mundo desde arriba –estaba harta de su pequeñez, y de ver el mundo desde abajo-. Pero ese año su pasión por la chimenea no caducó, como otras, a las tres semanas. Insistió durante horas, días, semanas y meses. Y un domingo, los vecinos del pueblo, por una vez sin sonrisa, le abrieron una chimenea en su casa.
Y la muy pequeña Mary Royl saltaba de alegría.
Y así llegó la Nochebuena, y la extrañeza de los vecinos de aquel pequeño pueblo. La chimenea de Mary Royl no humeaba. Las luces de la casa estaban encendidas –también las del árbol- y los destellos del rojo, del oro y del verde se veían claramente a través de las ventanas.
Pero la chimenea no humeaba.
La pequeña Mary Royl estaba sentada frente a su nueva chimenea atrapada por la sonrisa. Llevaba tres pares de calcetines, se cubría con dos mantas y sólo las yemas de sus dedos, la nariz y los labios se le asomaban debajo de todos aquellos jerseys, abrigos y bufandas.
La pequeña Mary Royl era feliz en su chimenea mágica del revés. Había abierto el tiro para darle la vuelta. No quería un foco de calor, sino un foco de frío. No quería una hoguera, sino una puerta abierta al cielo, a la nieve.
El hogar de la chimenea no alojaba troncos y piñas secas, y viejos papeles y llamas. El hogar de la chimenea estaba iluminado por la luna, que entraba de plano por el tubo y se reflejaba en la campana. Y poco a poco la nieve iba cuajando sobre aquel pueblo de trapo y cartón que había construido en la base.

Los pequeños y mínimos bancos hechos de ramas se iban volviendo blancos, y también aquellas farolas hechas de lápiz y caramelos de miel. La gente, los pequeños habitantes inertes del mundo de Mary Royl, caminaban llevando paquetes y regalos, y aquel pobre carnicero mantenía a duras penas el equilibrio ante el acoso de tantos perritos: ¡A quien se le ocurre llevar dos kilos de filetes en una bandeja a plena luz de luna! La pequeña Mary Royl batía palmas con la música imposible que surgía de aquel pub que ella misma había levantado con lona y varias tablitas de madera que había lijado con tanta paciencia, y casi podía oler el vino caliente y el ponche con el que todo el pueblo se felicitaba las fiestas. Y se sonreía por los niños, por aquellos niños que, a hurtadillas y yendo por debajo de las mesas, habían conseguido colarse tras la barra y estaban llenando de vino una botella vacía. Y sentía su ansiedad, y el pálpito adelantado de la madurez, y se enternecía al pensar en aquellos pequeños bebiendo con muecas de asco aquel vino, ya en el bosque, sólo para sentirse mayores, mientras hablaban de los regalos que –seguro- abrirían a la mañana siguiente…
La nieve seguía cayendo por la chimenea de la pequeña Mary Royl, y su pequeño universo seguía tiñéndose de blanco, y de silencio. La noche avanzaba, y todo se iba quedando vacío. Los tejados brillaban como plata, las lámparas de miel y lápiz cada vez reflejaban menos luz. Las chimeneas –en aquel pequeño pueblo imaginado también habían chimeneas- se iban apagando mientras dejaban tras de sí olor a leña, a paz, a frío…
La pequeña Mary Royl escuchó un ruido súbito, y salió de su fantasía.
En su chimenea, su hogar había desaparecido. El tiro seguía abierto, pero sólo quedaban troncos chamuscados, fríos. Ceniza y carbón. Todo era nostalgia de fuego.
Y se preguntó si no lo habría soñado.
Escuchó otro gruñido. Dos, tres… Alguien se peleaba en la puerta de su casa. Qué insolencia.
Cuando miró por la ventana, se encontró con un montón de perritos que se peleaban por un filete. Al fondo, el carnicero lamentaba su suerte y llevaba lo que había sobrevivido de la bandeja hacia el pub. En la puerta, un grupo de niños esperaban a entrar sin que nadie les viera, y la pequeña Mary Royl vio el reflejo de una botella vacía.
Olía a ponche, y a vino caliente. Y la nieve caía y cubría unos bancos mínimos y frágiles.
Y entonces sonrió: en medio de la calle, como esperándola, había una enorme caja coronada por un lazo de cinta escocesa. Estaba debajo de una farola hecha de lápiz, y coronada por un caramelo de miel.
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viernes, 17 de diciembre de 2010
Step by step
Podrían ser las huellas futuras de la pequeña Mary Royl mientras cruza montañas y fronteras en busca del invierno.
Podrían ser los pasos de la ruta de siempre, de cada día, embellecidos por el frío.
Podrían ser los restos de una maravillosa huída hacia vidas imposibles.
Podría ser la imagen que hiciese sonreír a tus labios secos, y cortados.
Pero sólo son pasos anónimos en algún rincón de Lexington, Kentucky.
Podrían ser los pasos de la ruta de siempre, de cada día, embellecidos por el frío.
Podrían ser los restos de una maravillosa huída hacia vidas imposibles.
Podría ser la imagen que hiciese sonreír a tus labios secos, y cortados.
Pero sólo son pasos anónimos en algún rincón de Lexington, Kentucky.
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miércoles, 8 de diciembre de 2010
Incongruencias
Soy alérgico al pelo de gato, y no reacciono demasiado bien ante todo lo que desprenda el mundo animal. Los perros me odian tanto como yo les temo, por algo que ya contaré aquí. Y entonces, ¿por qué esta escena me parece fascinante?
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martes, 7 de diciembre de 2010
Perfección (5)
Maravilloso y completamente nevado brezo visto en (y robado de -Hope you don't sue me, L.!)- Krims Krams
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Crema de calabaza
Ingredientes:Media calabaza
Dos patatas de tamaño medio
Dos zanahorias
Un tomate
Un puerro
Un apio
Agua, aceite, sal, pimienta
En primer lugar, se echa un buen chorreón de aceite en una olla y se sofríen el apio, el puerro y la zanahoria (pelada), previamente cortados en trozos de unos cinco centímetros. Cuando estén levemente dorados, se añade el tomate (también pelado), cortado a cuartos.
Cuando el tomate ya se haya desmenuzado, se cubre todo de agua –litro y medio, aproximadamente- y se baja el fuego hasta dejarlo lento. Es el momento de salpimentar y de echar la calabaza (pelada y troceada en dados) y las patatas (también peladas, y cortadas en cuartos).
Y así se deja durante una media hora, con la olla cubierta. ¿Cómo saber exactamente cuándo es el punto? Pues cuando uno de los trozos de la calabaza se pueda partir, sin esfuerzo, con el borde de una cuchara de madera.
Tras retirarla del fuego hay que batir todos los ingredientes hasta que quede una crema homogénea (Un pequeño truco: si, por lo que fuera, la crema tiene una apariencia demasiado líquida, se le puede añadir otra patata, previamente pelada y hervida). Salpimentar de nuevo.
Puede servirse con parmesano rallado encima, o con una cucharada de crema agria, y adornar con alguna hierba –dicen que lo mejor es la albahaca-.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Perfección (4)
No me puedo resistir a los regalos del invierno.
Como alguien dirá en breve, porque la nieve cruje tiernamente. Por el olor de las chimeneas. Porque por fin puede uno rebozarse con gorros, bufandas y guantes. Porque, con nieve en el suelo, el cielo brilla como nunca. Porque todo gana en fragilidad y fotogenia. Porque andar en lo frío te revitaliza.
Como alguien dirá en breve, porque la nieve cruje tiernamente. Por el olor de las chimeneas. Porque por fin puede uno rebozarse con gorros, bufandas y guantes. Porque, con nieve en el suelo, el cielo brilla como nunca. Porque todo gana en fragilidad y fotogenia. Porque andar en lo frío te revitaliza.
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