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sábado, 6 de agosto de 2011

miércoles, 2 de marzo de 2011

Cantas

Y a veces, hasta como una pera

Podría echar de menos la pequeña tormenta de desorden. Que la cafetera siempre tenga que estar a punto. La despensa llena de galletas improbables. Tus cosas esparcidas por el cuarto de baño. O los periódicos, periódicos, revistas, suplementos y periódicos.

Pero lo peor de todo, lo peor de cuando te vas, de cuando te sigues yendo, es el silencio.

Es el mayor vacío.

Cantas. No te das cuenta pero cantas. Night and day. What a little moonlight can do. Beethoven. Tarareas y mueves las manos. Y cantas con una sonrisa. Como si siguieras escondiéndote junto al árbol de luz para leer. Como si nadie te viera. Como si quisieras que nadie te viera.

Cantas. Y finjo música para no darme cuenta de que no estás.

domingo, 19 de diciembre de 2010

La chimenea

Christmas Tale enmoñecido

Para la pequeña Mary Royl, la Navidad no era cualquier cosa. Era su época preferida del año. Ni siquiera el largo invierno anterior ni tampoco Dunkeld le habían podido alejar de los días que esperaba con más ansia. Cada año, su pequeño cuerpecito se armaba de valor y arrastraba un abeto que le doblaba en tamaño, y que ella decoraba con paciencia y mimo. Cada año pasaba horas y horas recortando, cosiendo y pegando sus adornos navideños: renos de lana, guirnaldas de dorado y verde, acebo y lazos de tela escocesa. Y también cada año se esmeraba en la cocina para preparar pasteles con jengibre y canela, y mermeladas y compotas que mezclaban arriesgadamente lo dulce y lo agrio.

Pero ese año era especial. Diferente. Al fin la pequeña Mary Royl había conseguido una chimenea.

No tuvo que rogar demasiado a las gentes del pueblo. Sí, es verdad, siempre la recibían con una sonrisa y le prometían que pronto, muy pronto, cumplirían con su deseo, cualquiera que fuera. Hasta con aquella extraña y breve pasión que sintió por los globos, y su insistencia en que le construyeran uno para poder elevarse y pintar a todo el mundo desde arriba –estaba harta de su pequeñez, y de ver el mundo desde abajo-. Pero ese año su pasión por la chimenea no caducó, como otras, a las tres semanas. Insistió durante horas, días, semanas y meses. Y un domingo, los vecinos del pueblo, por una vez sin sonrisa, le abrieron una chimenea en su casa.

Y la muy pequeña Mary Royl saltaba de alegría.

Y así llegó la Nochebuena, y la extrañeza de los vecinos de aquel pequeño pueblo. La chimenea de Mary Royl no humeaba. Las luces de la casa estaban encendidas –también las del árbol- y los destellos del rojo, del oro y del verde se veían claramente a través de las ventanas.

Pero la chimenea no humeaba.

La pequeña Mary Royl estaba sentada frente a su nueva chimenea atrapada por la sonrisa. Llevaba tres pares de calcetines, se cubría con dos mantas y sólo las yemas de sus dedos, la nariz y los labios se le asomaban debajo de todos aquellos jerseys, abrigos y bufandas.

La pequeña Mary Royl era feliz en su chimenea mágica del revés. Había abierto el tiro para darle la vuelta. No quería un foco de calor, sino un foco de frío. No quería una hoguera, sino una puerta abierta al cielo, a la nieve.

El hogar de la chimenea no alojaba troncos y piñas secas, y viejos papeles y llamas. El hogar de la chimenea estaba iluminado por la luna, que entraba de plano por el tubo y se reflejaba en la campana. Y poco a poco la nieve iba cuajando sobre aquel pueblo de trapo y cartón que había construido en la base.


Los pequeños y mínimos bancos hechos de ramas se iban volviendo blancos, y también aquellas farolas hechas de lápiz y caramelos de miel. La gente, los pequeños habitantes inertes del mundo de Mary Royl, caminaban llevando paquetes y regalos, y aquel pobre carnicero mantenía a duras penas el equilibrio ante el acoso de tantos perritos: ¡A quien se le ocurre llevar dos kilos de filetes en una bandeja a plena luz de luna! La pequeña Mary Royl batía palmas con la música imposible que surgía de aquel pub que ella misma había levantado con lona y varias tablitas de madera que había lijado con tanta paciencia, y casi podía oler el vino caliente y el ponche con el que todo el pueblo se felicitaba las fiestas. Y se sonreía por los niños, por aquellos niños que, a hurtadillas y yendo por debajo de las mesas, habían conseguido colarse tras la barra y estaban llenando de vino una botella vacía. Y sentía su ansiedad, y el pálpito adelantado de la madurez, y se enternecía al pensar en aquellos pequeños bebiendo con muecas de asco aquel vino, ya en el bosque, sólo para sentirse mayores, mientras hablaban de los regalos que –seguro- abrirían a la mañana siguiente…

La nieve seguía cayendo por la chimenea de la pequeña Mary Royl, y su pequeño universo seguía tiñéndose de blanco, y de silencio. La noche avanzaba, y todo se iba quedando vacío. Los tejados brillaban como plata, las lámparas de miel y lápiz cada vez reflejaban menos luz. Las chimeneas –en aquel pequeño pueblo imaginado también habían chimeneas- se iban apagando mientras dejaban tras de sí olor a leña, a paz, a frío…

La pequeña Mary Royl escuchó un ruido súbito, y salió de su fantasía.

En su chimenea, su hogar había desaparecido. El tiro seguía abierto, pero sólo quedaban troncos chamuscados, fríos. Ceniza y carbón. Todo era nostalgia de fuego.

Y se preguntó si no lo habría soñado.

Escuchó otro gruñido. Dos, tres… Alguien se peleaba en la puerta de su casa. Qué insolencia.

Cuando miró por la ventana, se encontró con un montón de perritos que se peleaban por un filete. Al fondo, el carnicero lamentaba su suerte y llevaba lo que había sobrevivido de la bandeja hacia el pub. En la puerta, un grupo de niños esperaban a entrar sin que nadie les viera, y la pequeña Mary Royl vio el reflejo de una botella vacía.

Olía a ponche, y a vino caliente. Y la nieve caía y cubría unos bancos mínimos y frágiles.

Y entonces sonrió: en medio de la calle, como esperándola, había una enorme caja coronada por un lazo de cinta escocesa. Estaba debajo de una farola hecha de lápiz, y coronada por un caramelo de miel.

sábado, 27 de noviembre de 2010

I'd like to help you in your struggle to be free

Aunque no lo parezca, es una gota de humor (*)

She said it grieves me so to see you in such pain
I wish there was something I could do to make you smile again
I said I appreciate that and would you please explain
About the fifty ways

She said why don't we both just sleep on it tonight
And I believe in the morning you'll begin to see the light
And then she kissed me and I realized she probably was right
There must be fifty ways to leave your lover


jueves, 25 de noviembre de 2010

Por qué no toco el piano

Y también por qué nado tan mal

Mi primera vocación fue la de músico.

Por algún motivo que nunca he preguntado, en casa de mis padres había un enorme piano. Un enorme, sonoro y precioso piano. Nunca nadie jamás había sentido ninguna inclinación musical en mi familia. Sin embargo teníamos un piano nacarado, de teclas de marfil que me gustaba presionar sólo para sentir cómo reverberaban las cuerdas.

Y de alguna manera básica, primitiva e infantil sentía que podría tocarlo. Que dentro de mí latía algo, no sé bien qué, que podría ser el principio de una melodía, y que sólo podría germinar a través de esas teclas, cuyo misterio adoraba.

Iba a cumplir seis años, y mis padres me preguntaron qué quería de regalo.

No pude dudar: “Aprender a tocar el piano”.

Nunca he tenido un deseo más firme.

Pero también –debía ser muy urgente: más que la música- también tenía que aprender a nadar.

Y fue horrible.

La primera clase, que iba a ser la única, tuvo lugar en una enorme piscina olímpica de algún lugar del extrarradio. Rodeado de niños a los que no conocía. Y allí me lanzaron, agarrado a una tabla de corcho que se deshacía, con dos veces mi altura de agua por debajo, a combatir contra el ahogo.

Fue horrible. Una hora horrible.

No hubo segunda clase. A mis casi seis años, supe fingir que me había olvidado de que tenía que ir a la piscina. Y en esa segunda clase tenía que acompañar a mi amigo Fernando. Sus padres también habían decidido que tenía que aprender a nadar.

Fernando se quedó dormido en el autobús de regreso. Era argentino, llevaba apenas dos meses en España. No sabía su dirección, ni el teléfono de sus padres. El conductor se lo encontró en un asiento mientras ya volvía a su casa.

Mientras tanto, en la mía, yo estaba castigado en mi cuarto, y sólo oía a mis padres correr tras el teléfono. Llamaban al colegio, a la Policía, a la piscina, a los padres de Fernando.

Al final, apareció. Con infinita paciencia –qué útiles son los móviles: hay cosas que se dan por supuestas hasta que te das cuenta de cómo era la vida antes de ellas- el conductor del autobús rehízo todo el recorrido. Cuando Fernando creyó reconocer algo, se paró. Su madre, vuelta un mar de lágrimas, llevaba dos horas esperándole en la parada del autobús.

Aquella noche, mis padres decidieron que, como castigo por mi huída, me quedaría sin clases de piano.

No puedo decir que no fueran justos.

Al cabo de los años, un día, el piano desapareció. Probablemente lo vendieran, o tal vez lo regalaran a alguien que sí supiera tocarlo.

Y al cabo de más años, un accidente doméstico me dejó torpes los dedos de la mano izquierda.

Nunca he tocado el piano. Y nunca he nadado demasiado bien.

Y aún hoy, y no pocas veces, siento que hay algo que no puedo sacar. A veces escribo, como aquí, o en el trabajo. A veces hablo y trato de ser grave, y se me pone voz de locutor nocturno. Y a veces suspiro, y noto que hay algo, una melodía irregular que sale del alma y me atraviesa el cerebro, y el corazón, y que no sé interpretar. A veces noto música: una música que dice exactamente quién soy y qué pienso, pero no puedo hacerla entender. No puedo sacarla de mí. Y se diluye, tan imposible de capturar como un sueño.

Imagino que esa sensación que aún me hace perder el piso es mi ya vieja vocación, que grita que se siente frustrada.

Porque –y no es hipérbole- daría diez años de vida por tocar esta canción. Y que todo tuviera sentido.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

“I can write operas!”

Uno de los momentos más divertidos que mi recientemente descubierto –o recientemente recordado- sentido del humor me ha propiciado es este:



El escenario es el programa de Martha Stewart; los invitados, Rufus Wainwright y su madre. El motivo, un especial navideño.

La Stewart, ejerciendo de Doris Day con antecedentes, propone a sus invitados no sé bien que receta. La madre, Kate McGarrigle-Wainwright, se desenvuelve con cierta soltura. Pero Rufus...

Rufus –pobre- intenta en primera instancia colaborar con su progenitora tal y como lo haría un niño pequeño. Se acerca, sonríe, mira con interés y distancia. Tienta con la mano la posibilidad de tocar los ingredientes, pero sin mucha insistencia. Y la retira, claro, sin ningún recato. La Stewart, ya en el papel de hacendosa-tía-que-todo-lo-sabe-y-en-la-cocina-más, le dice –en inglés, pero no estamos aquí para traducciones precisas-: “Niño, que tú también tienes tu pastel para amasar”.

En pleno sonrojo, Rufus agarra el mazo y, en cuestión de pocos segundos, desarbola la masa homogénea y perfectamente cuidada que le había dejado preparada la Stewart. Lo que podría haber sido un brownie, o similar, se convierte en plastilina en manos de un niño de tres años. La Stewart, claro, vuelve a mutar, y se inocula en Kate: ambas se convierten en ‘Señoras que se ríen de sus hijos cuando intentan emprender cualquier labor doméstica”.

-Mira que es torpe…- Parece que dice una
-Que así no se coge… Estira, estira- aconseja la otra
-Si es que no se le puede dejar solo, si es un niño de teta… ¡No se le puede dejar solo! -concluyen con escarnio

Y Rufus, en un ataque de testosterona, replica:

-¡Eh! ¡Puedo escribir óperas!

Hoy se ha sabido que Rufus Wainwright será compositor residente de la Royal Opera House de Londres. Me gusta pensar que el intérprete de mis –aún- himnos del alivio habrá sonreído. Kate McGarrigle murió no hace mucho. Su hijo le ha dedicado su último disco, que presentó en una gira extraña, fúnebre y emotiva: pidió al público que se mantuviera en riguroso silencio cada vez que interpretaba, al completo, su último trabajo. Sólo quería silencio, un piano y sus recuerdos. Ser testigos de un acto tan íntimo ya es demasiado premio para los paganos.

Quizá Rufus haya sonreído.

Sí, es cierto. Puede escribir óperas.

Y preciosas canciones.

domingo, 7 de noviembre de 2010

domingo, 13 de junio de 2010

That brought on the Frisco quake

No tiene que ver -no necesariamente- con nada, pero...

martes, 28 de octubre de 2008

Insomnio



Debería estar en la ciudad de tus inviernos, persiguiéndote entre el tacto de la ropa de abrigo. Debería estar contigo de la única manera que puedo: hablando de ti, al fin, con sinceridad. Debería estar buscando una manera de volver a seguir, de recobrar aquel camino, en vista de que el olvido no es posible. Debería tener -debería habernos permitido- algún recuerdo más que aquel día luminoso e incompleto que se partió, partiéndonos. Debería haberte dado más lugares comunes, más placeres culpables, más casas de nieve. Debería poder recordar tu risa, que, como tu voz, se me diluye en el tiempo y se incrusta, sorda, en las heridas que yo mismo me he abierto. "El mar es tenaz -te dije-, sabe que nunca conquistará la tierra, pero no deja de intentarlo". Y sí lo hace, sí conquista. Llega dentro, se filtra y llena, y llena, y llena. Y me llenas, sin poder tocarte, sin poder verte, sin poder oírte. Apenas en el goteo de tus días, mientras sigo, sí, pero hacia ninguna parte.

No puedo dormir. Y he venido a buscar esta canción, himno del alivio, para pasar unos minutos sin dolor. Y para preguntarme hasta cuándo seguirá siendo así.