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martes, 26 de abril de 2011
Una trama imposible
El de la izquierda es Nicolás II, último zar de Rusia. El de la derecha, Jorge V, rey del Reino Unido y Emperador de la India. Se parecen: claro que se parecen. Eran primos: Nicolás II era hijo de Victoria, hija de la británica reina Victoria. Jorge V descendía de Eduardo VII, también vástago de Victoria de Inglaterra.
Al parecer, Nicolás II pasó parte de su adolescencia en Inglaterra, educándose como príncipe heredero y sin saber que sería el último en tomar el título de zar. [Zar, por cierto, viene de Tzar, que es un contracto del germánico Kaiser, que surge de la pronunciación germánica del vocable latino Caesare: /Kaesare/. Y de Caesare y de su pronunciación mediterránea /Chésare/ viene el término español César. Por eso son título imperiales: porque surgen del primer imperio europeo: el de los césares romanos. Pero esa es otra historia] El último zar, decía, pasó años en Inglaterra, donde él y su primo Jorge, dado su parecido, gustaban de intercambiarse los papeles y los nombres, para estupor de la corte británica.
Años después, la Primera Guerra Mundial les convirtió en enemigos. Pero... Menuda trama si, por decir algo, en 1916 hubieran decidido jugar por última vez al juego adolescente de intercambiar sus identidades. Y que el asesinado en Ekaterimburgo en 1918 hubiese sido un Windsor. Y que así, la dinastía Romanov hubiese sobrevivido, habitando el Palacio de Buckingham en el periodo de entreguerras y presidiendo la iglesia anglicana...
viernes, 22 de abril de 2011
Amor filial
A finales de la década de los 20 del siglo XVI, Juana la Loca, que ya llevaba más de una década encerrada en Tordesillas, estaba al cuidado de Hernán Duque de Estrada. Algo bien debía estar haciendo el hombre, porque escribió una feliz carta a Carlos V comunicándole que su madre daba signos de recuperar la lucidez.
La respuesta del entonces todavía no emperador fue contundente: destituyó a Estrada y puso al cargo de su madre al Marqués de Denia, Bernardo Gómez de Sandoval, y al hijo de éste como sucesor. Era 1520, y la revuelta de los comuneros ya se anunciaba.
Huelga decir que Juana la Loca nunca sanó. Murió en 1555, tras 47 años de encierro en Tordesillas. Diez meses después, su hijo Carlos I abdicaba y se retiraba al monasterio de Yuste.
Por algo lo haría.
jueves, 7 de abril de 2011
'No tears' Bly
Nelly Bly! Nelly Bly! Never, never sigh;
Never bring the tear drop to the corner of your eye
La canción que compuso Stephen Foster –autor de la celebérrima Oh, Susanna- en 1850 bautizó a Elizabeth Jane Cochran catorce años antes de que naciera. Cuando vino al mundo le dieron el sobrenombre de Pink, por el vestido que le pusieron el día de su bautismo. Quizá, de tan subrayada su condición de mujer en aquel final del siglo XIX –cuando la mujer era, aún más que hoy, the nigger of the world, como cantaría John Lennon-, no quiso ponerse límites. O quizá fuera el segundo marido de su madre: un alcohólico maltratador contra el que Pink, valientemente y pese a contar sólo con catorce años, declaró en el proceso de divorcio. En cualquier caso, la ruptura del matrimonio llevó a la joven Elizabeth a residir en Pittsburgh. Allí, sin apenas llegar a los 20 años, leyó una columna profundamente despectiva con las mujeres en el diario local. Escribió una réplica –tuvo que firmar bajo un pseudónimo masculino para que se la publicaran- que impresionó al editor. Era 1880: otros tiempos, para lo bueno y para lo malo. El editor la contrató como reportera. Y le dio el nombre con el que pasaría a la historia: Nellie Bly.
Nelly Bly! Nelly Bly! Never, never sigh;
Never bring the tear drop to the corner of your eye
Bly empezó fuerte: sus primeros textos fueron reportajes severos, de denuncia. Se introdujo en las entrañas de las fábricas donde trabajaban mujeres y contó cómo las explotaban. A su editor, sin embargo, no le parecieron temas de interés. Y quiso domar a la pequeña Bly –¿cómo podía pretender ser tan masculina?- poniéndola a cubrir actos sociales. Moda, cocina y jardinería. No obstante, Nellie Bly no aceptaba que le pusieran corsés, ni límites. Tenía 21 años y, motu proprio, se fue como corresponsal a México.
Nelly Bly! Nelly Bly! Never, never sigh;
Never bring the tear drop to the corner of your eye
Seis meses en México dieron a Bly un reportaje, que más tarde se publicó en forma de libro; una amenaza del Ejército de Porfirio Díaz, que le obligó a volver a Estados Unidos; y la conciencia de que el Pittburgh Dispacher se le había quedado pequeño. Se fue a Nueva York y convenció al editor del New York World, un tal Joseph Pulitzer, para publicar un reportaje: el primer gran reportaje. Nellie se fingió loca para que la internaran en el manicomio de mujeres de la Isla Blackwell, y poder contar lo que allí pasaba. “Una larga cuerda –contó- iba unida a anchos cinturones de cuero que rodeaban las cinturas de cincuenta y dos mujeres. Al final de la cuerda había un pesado carro de hierro (…). Mi corazón rebosaba piedad cuando vi a una vieja de pelo gris hablando abúlica al vacío (…) Tullidas, ciegas, viejas, jóvenes, feas, hermosas: una masa sin sentido de la humanidad. No había peor destino”.
Durante diez días, Nellie Bly fue una lunática más: convivió con ratas y enfermedades, bebió agua infecta y padeció las torturas de médicos y enfermeras. Se había fingido loca: un juez decretó su ingreso en el sanatorio. Entró, pero no sabía cuándo podría salir. O, simplemente, si saldría. Pero lo logró. Su reportaje –después fue un libro: Diez días en el manicomio- sacudió conciencias. Nueva York aumentó el presupuesto dedicado a hospitales mentales, hubo juicios y cárcel para algunos médicos y se mejoró el protocolo y atención de las pacientes.
Nelly Bly! Nelly Bly! Never, never sigh;
Never bring the tear drop to the corner of your eye
Tenía 25 años, y ya era una leyenda del periodismo. Tal vez por eso no le costó convencer a Pulitzer de que aprobaara su siguiente reportaje. En 1873, Julio Verne había publicado La vuelta al mundo en 80 días. Y se daba por supuesto que ningún hombre podría circundar el globo en menos tiempo. Ningún hombre. Pero Nellie era una mujer. El 14 de noviembre de 1889, Bly se lanzó a por su reto. Regresó a Nueva York 72 días después: ocho días menos que el récord ficticio marcado por Verne. Y –aún mejor- con una entrevista con el propio Verne, hecha cuando coincidió con él en Amiens. “¿Por qué no va a Bombay como hizo Phileas Fogg?”, le preguntó el novelista. “Porque estoy más deseosa de ganar tiempo que una viuda joven”, respondió, proféticamente, Nellie.
La vuelta al mundo en 72 días fue su segundo gran reportaje. También el último.
Nelly Bly! Nelly Bly! Never, never sigh;
Never bring the tear drop to the corner of your eye
En la cumbre de la fama, Nellie Bly era una mujer respetada. Pero una mujer, a fin de cuentas: de ella se esperaba que se casase, que fuese una madre de familia, después de jugar a competir con los hombres. O eso se decía, la sociedad de la época. Y sí, Nellie Bly se casó. En 1895 y con un multimillonaria 40 años mayor que ella. Sólo nueve años después ya era viuda. Era 1904, y se encontró al mando de una empresa de manufacturas en hierro. Puso todo su ingenio a trabajar, y diseño un bidón de leche metálico y un cubo de basura que mantuvieron la empresa a flote. También diseñó y patentó un barril de petróleo que hoy continúa en uso, aunque tuvo un conflicto con la patente, que perdió, lo que llevó a su empresa a la bancarrota. Era 1913, Nellie se acercaba a los 50 años, y tuvo que volver al reporterismo.
Nelly Bly! Nelly Bly! Never, never sigh;
Never bring the tear drop to the corner of your eye
De vuelta al periodismo, Bly retomó la causa de las mujeres. Viajó a Europa para narrar la evolución del sufragio femenino, y a cambio se encontró con una guerra. Hasta 1919, envió reportes de los sucesos del frente del Este en la Primera Guerra Mundial al New York Evening Journal. Sólo una enfermedad de su madre, que falleció, le hizo volver a Estados Unidos.
Nelly Bly! Nelly Bly! Never, never sigh;
Never bring the tear drop to the corner of your eye
De regreso a casa, Nellie Bly se dedicó al cuidado de niños huérfanos. Trató de que la sociedad en la que vivía tomase conciencia de que el cuidado de los pequeños era una responsabilidad común, una parte de la religión cívica de cada cual. Sólo su muerte, en 1922, a los 57 años de edad, le impidió concluir su tarea.
Never bring the tear drop to the corner of your eye
La canción que compuso Stephen Foster –autor de la celebérrima Oh, Susanna- en 1850 bautizó a Elizabeth Jane Cochran catorce años antes de que naciera. Cuando vino al mundo le dieron el sobrenombre de Pink, por el vestido que le pusieron el día de su bautismo. Quizá, de tan subrayada su condición de mujer en aquel final del siglo XIX –cuando la mujer era, aún más que hoy, the nigger of the world, como cantaría John Lennon-, no quiso ponerse límites. O quizá fuera el segundo marido de su madre: un alcohólico maltratador contra el que Pink, valientemente y pese a contar sólo con catorce años, declaró en el proceso de divorcio. En cualquier caso, la ruptura del matrimonio llevó a la joven Elizabeth a residir en Pittsburgh. Allí, sin apenas llegar a los 20 años, leyó una columna profundamente despectiva con las mujeres en el diario local. Escribió una réplica –tuvo que firmar bajo un pseudónimo masculino para que se la publicaran- que impresionó al editor. Era 1880: otros tiempos, para lo bueno y para lo malo. El editor la contrató como reportera. Y le dio el nombre con el que pasaría a la historia: Nellie Bly.
Nelly Bly! Nelly Bly! Never, never sigh;
Never bring the tear drop to the corner of your eye
Bly empezó fuerte: sus primeros textos fueron reportajes severos, de denuncia. Se introdujo en las entrañas de las fábricas donde trabajaban mujeres y contó cómo las explotaban. A su editor, sin embargo, no le parecieron temas de interés. Y quiso domar a la pequeña Bly –¿cómo podía pretender ser tan masculina?- poniéndola a cubrir actos sociales. Moda, cocina y jardinería. No obstante, Nellie Bly no aceptaba que le pusieran corsés, ni límites. Tenía 21 años y, motu proprio, se fue como corresponsal a México.
Nelly Bly! Nelly Bly! Never, never sigh;
Never bring the tear drop to the corner of your eye
Seis meses en México dieron a Bly un reportaje, que más tarde se publicó en forma de libro; una amenaza del Ejército de Porfirio Díaz, que le obligó a volver a Estados Unidos; y la conciencia de que el Pittburgh Dispacher se le había quedado pequeño. Se fue a Nueva York y convenció al editor del New York World, un tal Joseph Pulitzer, para publicar un reportaje: el primer gran reportaje. Nellie se fingió loca para que la internaran en el manicomio de mujeres de la Isla Blackwell, y poder contar lo que allí pasaba. “Una larga cuerda –contó- iba unida a anchos cinturones de cuero que rodeaban las cinturas de cincuenta y dos mujeres. Al final de la cuerda había un pesado carro de hierro (…). Mi corazón rebosaba piedad cuando vi a una vieja de pelo gris hablando abúlica al vacío (…) Tullidas, ciegas, viejas, jóvenes, feas, hermosas: una masa sin sentido de la humanidad. No había peor destino”.
Durante diez días, Nellie Bly fue una lunática más: convivió con ratas y enfermedades, bebió agua infecta y padeció las torturas de médicos y enfermeras. Se había fingido loca: un juez decretó su ingreso en el sanatorio. Entró, pero no sabía cuándo podría salir. O, simplemente, si saldría. Pero lo logró. Su reportaje –después fue un libro: Diez días en el manicomio- sacudió conciencias. Nueva York aumentó el presupuesto dedicado a hospitales mentales, hubo juicios y cárcel para algunos médicos y se mejoró el protocolo y atención de las pacientes.
Nelly Bly! Nelly Bly! Never, never sigh;
Never bring the tear drop to the corner of your eye
Tenía 25 años, y ya era una leyenda del periodismo. Tal vez por eso no le costó convencer a Pulitzer de que aprobaara su siguiente reportaje. En 1873, Julio Verne había publicado La vuelta al mundo en 80 días. Y se daba por supuesto que ningún hombre podría circundar el globo en menos tiempo. Ningún hombre. Pero Nellie era una mujer. El 14 de noviembre de 1889, Bly se lanzó a por su reto. Regresó a Nueva York 72 días después: ocho días menos que el récord ficticio marcado por Verne. Y –aún mejor- con una entrevista con el propio Verne, hecha cuando coincidió con él en Amiens. “¿Por qué no va a Bombay como hizo Phileas Fogg?”, le preguntó el novelista. “Porque estoy más deseosa de ganar tiempo que una viuda joven”, respondió, proféticamente, Nellie.
La vuelta al mundo en 72 días fue su segundo gran reportaje. También el último.
Nelly Bly! Nelly Bly! Never, never sigh;
Never bring the tear drop to the corner of your eye
En la cumbre de la fama, Nellie Bly era una mujer respetada. Pero una mujer, a fin de cuentas: de ella se esperaba que se casase, que fuese una madre de familia, después de jugar a competir con los hombres. O eso se decía, la sociedad de la época. Y sí, Nellie Bly se casó. En 1895 y con un multimillonaria 40 años mayor que ella. Sólo nueve años después ya era viuda. Era 1904, y se encontró al mando de una empresa de manufacturas en hierro. Puso todo su ingenio a trabajar, y diseño un bidón de leche metálico y un cubo de basura que mantuvieron la empresa a flote. También diseñó y patentó un barril de petróleo que hoy continúa en uso, aunque tuvo un conflicto con la patente, que perdió, lo que llevó a su empresa a la bancarrota. Era 1913, Nellie se acercaba a los 50 años, y tuvo que volver al reporterismo.
Nelly Bly! Nelly Bly! Never, never sigh;
Never bring the tear drop to the corner of your eye
De vuelta al periodismo, Bly retomó la causa de las mujeres. Viajó a Europa para narrar la evolución del sufragio femenino, y a cambio se encontró con una guerra. Hasta 1919, envió reportes de los sucesos del frente del Este en la Primera Guerra Mundial al New York Evening Journal. Sólo una enfermedad de su madre, que falleció, le hizo volver a Estados Unidos.
Nelly Bly! Nelly Bly! Never, never sigh;
Never bring the tear drop to the corner of your eye
De regreso a casa, Nellie Bly se dedicó al cuidado de niños huérfanos. Trató de que la sociedad en la que vivía tomase conciencia de que el cuidado de los pequeños era una responsabilidad común, una parte de la religión cívica de cada cual. Sólo su muerte, en 1922, a los 57 años de edad, le impidió concluir su tarea.
[Y es curioso contemplar, desde esta profesión que más o menos ejerzo, cómo todos los manuales de periodismo hablan de que el nuevo periodismo, o el periodismo literario, empezó en los años sesenta del siglo XX de la pluma de Truman Capote. Empezó antes, y de la mano de una mujer: Nellie Bly. La prueba está aquí]
miércoles, 6 de abril de 2011
El error que fue un acierto
We the people…
La revolución americana debió hacerse con prisas. El furor antibritánico y descolonizador hizo que, para organizar un país, una rara nación de estados, algunos territorios tuvieran que redactar sus constituciones en un tiempo récord. Fue el caso de New Jersey. El cuarto punto de su carta magna de 1776 decía:
“That all inhabitants of this Colony, of full age, who are worth fifty pounds proclamation money, clear estate in the same, and have resided within the county in which they claim a vote for twelve months immediately preceding the election, shall be entitled to vote for Representatives in Council and Assembly; and also for all other public officers, that shall be elected by the people of the county at large.”
Los padres de la constitución de New Jersey cometieron un error que fue un acierto: empezaron su cuarto punto refiriéndose a “todos los habitantes de esta Colonia”. Hoy, en este 2011, no parece gran cosa: en 1776 representaba un salto cuántico. Sin límite de raza o género, los revolucionarios de 1776 permitieron el voto y el acceso a empleos públicos a negros y mujeres. Mujeres, eso sí, solteras: al casarse perdían el derecho a tener dinero o propiedades, requisito necesario para ejercer el derecho al voto.
Desgraciadamente, New Jersey enmendó su acertado error, y en 1807 devolvió la exclusiva del voto a los varones blancos. Al parecer, el impulsor de la medida -cuyo nombre parece haber sido borrado de la historia, o al menos de Google- había estado a punto de perder una elección en 1797 por las presiones de un lobby femenino.
Será porque hasta dentro de las revoluciones, hay clases.
jueves, 31 de marzo de 2011
La madre de todas las señoras que
Se llamaba Carrie Amelia Moore, y nació en Kentucky en 1846. Pudo haber tenido una vida normal, pero su primer matrimonio fue un drama: su marido era alcohólico. A su muerte, decidió dos cosas: que el alcohol era el camino hacia el mal y que Jesús era el salvador del mundo. A principios del siglo XX, a los 54 años, y tras haberse casado en segundas nupcias con el reverendo Nation, ingresó en el Movimiento por la Templanza, una asociación católica que exigía moderación en el comer y en el beber como manera de someter los deseos de la carne. Y aquella señora –aquella anciana, en los ciclos vitales de entonces- se convirtió en el brazo armado de la organización. Bajo el nombre artístico de Carry A. Nation se convirtió en “el bulldog que corre a los pies de Jesús, ladrando lo que él rechaza”.
Carry A. Nation decidió que los salmos y las oraciones no bastaban para alejar a los hombres del alcohol. Y consideró que con una biblia en la mano y un hacha en la otra daría mejor servicio a Dios. Se convirtió en un gangster: su 1,82 de estatura y sus 79 kilos, a qué negarlo, debían intimidar lo suyo. Y a veces sola, a veces con su grupo de acólitas, entraba en los bares. Los destrozaba. Sin dejar de recitar la biblia, sin dejar de cantar himnos. Y en nombre de Dios. Pero los destrozaba.
Carry A. Nation aterrorizó a los barmen de Estados Unidos hasta su muerte, en 1911. Fue arrestada al menos 30 veces, y en todas fue puesta en libertad: el tiempo libre que le quedaba tras su particular kale borroka lo dedicaba a dar conferencias. Con el dinero que recaudó pagó numerosas fianzas y abogados.
La famosa fotografía Lips that touch liquor shall not touch ours no es un montaje: son sus seguidoras, convencidas de que la redención llega por el camino de la abstinencia. Ése poder de convocatoria llegó a tener. Y hasta llegó a publicar su autobiografía.
A su muerte, en 1911, los bebedores de Estados Unidos respiraron. Y sus compañeras del Movimiento por la templanza la lloraron con resignación cristiana. El epitafio en su lápida dice: “Fiel a la causa de la prohibición, hizo lo que pudo”. Su hacha quedó como símbolo de los prohibicionistas. Y su lucha no fue en vano: poco más de una década después de su muerte, Estados Unidos impuso la Ley Seca, mientras Al Capone se frotaba las manos.
Carry A. Nation. La precursora de Elliot Ness. La señora que impedía que los demás bebieran. A Hell’s grannie.
Carry A. Nation y su hacha
Carry A. Nation decidió que los salmos y las oraciones no bastaban para alejar a los hombres del alcohol. Y consideró que con una biblia en la mano y un hacha en la otra daría mejor servicio a Dios. Se convirtió en un gangster: su 1,82 de estatura y sus 79 kilos, a qué negarlo, debían intimidar lo suyo. Y a veces sola, a veces con su grupo de acólitas, entraba en los bares. Los destrozaba. Sin dejar de recitar la biblia, sin dejar de cantar himnos. Y en nombre de Dios. Pero los destrozaba.
Estado en el que quedó uno de los bares visitados por Carry A. Nation
Carry A. Nation aterrorizó a los barmen de Estados Unidos hasta su muerte, en 1911. Fue arrestada al menos 30 veces, y en todas fue puesta en libertad: el tiempo libre que le quedaba tras su particular kale borroka lo dedicaba a dar conferencias. Con el dinero que recaudó pagó numerosas fianzas y abogados.
Conferencia de 'The saloon smasher'. Sólo para mujeres
La famosa fotografía Lips that touch liquor shall not touch ours no es un montaje: son sus seguidoras, convencidas de que la redención llega por el camino de la abstinencia. Ése poder de convocatoria llegó a tener. Y hasta llegó a publicar su autobiografía.
La salvación cuesta 50 centavos
A su muerte, en 1911, los bebedores de Estados Unidos respiraron. Y sus compañeras del Movimiento por la templanza la lloraron con resignación cristiana. El epitafio en su lápida dice: “Fiel a la causa de la prohibición, hizo lo que pudo”. Su hacha quedó como símbolo de los prohibicionistas. Y su lucha no fue en vano: poco más de una década después de su muerte, Estados Unidos impuso la Ley Seca, mientras Al Capone se frotaba las manos.
Carry A. Nation. La precursora de Elliot Ness. La señora que impedía que los demás bebieran. A Hell’s grannie.
sábado, 26 de marzo de 2011
sábado, 19 de febrero de 2011
Sem
De hoy hace un año
Mi abuelo tenía un pastor alemán. El Sem.
Se lo compró a la policía, y sabía sumar y restar. No lo sabía, pero lo fingía: la policía le había entrenado para que ladrara cada vez que oía el crujido que hacen dos uñas al chocar. ¿Qué para que sirve eso? Es un gesto discreto –se puede hacer con dos dedos- a los que el perro responde con un ladrido intimidatorio. Es muy útil en situaciones de tensión (un paseo nocturno, una presencia incómoda). Y claro, cuando le preguntábamos a Sem cuánto eran dos y dos, mi abuelo crujía las uñas cuatro veces, y el Sem ladraba cuatro veces. Y nosotros, mis primos y yo, en la ternura de nuestros cinco años, nos quedábamos boquiabiertos ante el inteligentísimo Sem.
También estaba enseñado para que acompañara a la puerta de la casa a toda la familia. -desde casa de mi abuelo hasta la calle había que cruzar cuatro jardines; unos 80 metros, más o menos-. Y eso se convirtió en un problema.
Un día estaba yo en el columpio, al lado del peral, desde lo alto mi abuelo vio como, no muy lejos de mí, un par de hombres trataban de entrar en el sótano de la casa. E hizo lo que haría todo hombre de orden, como el señor Smithers: soltar al perro. Al Sem.
Y ahí andaba yo, columpiándome, cuando de repente llega el Sem, que era dos veces yo, ladrando, gruñendo y corriendo. Pasó de largo, y no alcanzó a los raquerucos. Aún asustado, traté de volver a paso lento a casa de mis abuelos. Pero el Sem se giró y me vio, y acudió a cumplir con su función: acompañarme hasta la puerta de la casa. Grité como un loco y corrí como jamás lo había hecho –años después, recordando ese día, entendí la expresión perder el culo- cuando el Sem se vino a acompañarme.
No recuerdo lo que pensé. Sólo sé que se parecía bastante a lo que años después conocería como mecagoenlaputa.
Y el pobre perro, que no entendía nada, corría a mi lado mientras yo chillaba presa de la histeria.
No me hizo nada, claro.
Pero desde entonces no me gustan demasiado los perros.
miércoles, 9 de febrero de 2011
viernes, 24 de diciembre de 2010
martes, 7 de diciembre de 2010
Crema de calabaza
Ingredientes:Media calabaza
Dos patatas de tamaño medio
Dos zanahorias
Un tomate
Un puerro
Un apio
Agua, aceite, sal, pimienta
En primer lugar, se echa un buen chorreón de aceite en una olla y se sofríen el apio, el puerro y la zanahoria (pelada), previamente cortados en trozos de unos cinco centímetros. Cuando estén levemente dorados, se añade el tomate (también pelado), cortado a cuartos.
Cuando el tomate ya se haya desmenuzado, se cubre todo de agua –litro y medio, aproximadamente- y se baja el fuego hasta dejarlo lento. Es el momento de salpimentar y de echar la calabaza (pelada y troceada en dados) y las patatas (también peladas, y cortadas en cuartos).
Y así se deja durante una media hora, con la olla cubierta. ¿Cómo saber exactamente cuándo es el punto? Pues cuando uno de los trozos de la calabaza se pueda partir, sin esfuerzo, con el borde de una cuchara de madera.
Tras retirarla del fuego hay que batir todos los ingredientes hasta que quede una crema homogénea (Un pequeño truco: si, por lo que fuera, la crema tiene una apariencia demasiado líquida, se le puede añadir otra patata, previamente pelada y hervida). Salpimentar de nuevo.
Puede servirse con parmesano rallado encima, o con una cucharada de crema agria, y adornar con alguna hierba –dicen que lo mejor es la albahaca-.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
La respuesta está ahí debajo
Azotea a punto de ser superada
Uno se sienta ante la tele a ver los informativos y se asusta: baja la bolsa, y las pensiones; suben los precios, y la prima de riesgo de la deuda. Y al poco se asombra cuando le cuentan el espectacular crecimiento de China, o cómo Suecia, socio europeo, va y aumenta su PIB un 4,8% en plena crisis. Y todo, asombro y susto, lo vive uno sentado en su sofá de Ikea. Y todo, asombro y susto, lo asume mientras cena comida comprada en un supermercado asiático –sí, ese que abre 15 horas al día, y hasta los domingos- y sobre un plato que ha comprado en los chinos. Y todavía asombrado y asustado, se pregunta cómo puede ser posible.
sábado, 27 de noviembre de 2010
Mi jornada de reflexión
Hay, o debería haber, una pregunta anterior a todo.
El país en el que vivo elige gobernante. Sólo ésta frase ya escocerá algunos, que no dudarían en cambiar el sujeto. En puridad, comunidad autónoma. Históricamente, nación. Estado, si se conjuga en futuro, perfecto o imperfecto. Región, reclamaría la geografía. En todos los casos, el lugar en el que viven siete millones y medio de voluntades.
Hay una pregunta anterior a todo, y no es qué tenemos en común. Porque tampoco se sabe respecto a qué o quién. Alguien mucho más inteligente que yo y con mejor sentido del humor definió nación como: conjunto de gente soliviantada intergeneracionalmente durante un espacio de tiempo determinado en un marco geográfico medianamente consolidado. Ése sería el fondo común, sí. La misma crisis, los mismos dilemas de la historia; los mismos paisajes, la misma memoria sentimental, afectiva e histórica. El debate, imagino, se centraría en el idioma que se escriben los recuerdos; en si ese paisaje, inmigración mediante, ha perdido sentido; sobre si el causante del soliviante es tal o cual vecino; sobre si el enemigo común es tal o cual país, o estado, o nación, o región, vecina. No, no es esa la pregunta.
Tampoco es derecha e izquierda. No sólo porque hoy a la izquierda no le dejen ejercer, ni porque la derecha tenga miedo de sí misma y tienda a un centro que no existe aunque sólo sea como postura estética. Es porque ningún lema electoral –ay, los discursos reducidos a variaciones sobre el mismo eslogan-dirá: más paro, menos empleos. O dirá: menos libertad, menos futuro. Tal vez sí las decisiones que se tomen, y que se vertebran sobre ampulosos lemas y consignas. Pero con el límite muy definido de las condiciones superiores al marco existente: de la inevitabilidad. Que será, claro, la excusa. La herencia. No, aquí la pregunta no es izquierda o derecha. Porque la respuesta que se demanda es: hacia adelante, a mejor, como sea. No es una cuestión de giro, sino de dirección.
Hay una pregunta anterior a todo, y tampoco es con qué espíritu. No son días para el idealismo. No son días para pensar con el corazón, sino con el estómago: las necesidades se anteponen a los sueños, a las aspiraciones. No es el futuro que escribiríamos, sino el que podremos escribir desde el presente. Es superviviencia, pragmatismo, puro y duro: no es qué dice mi pasaporte, sino cuánto queda en mi cuenta corriente.
Y tampoco es –esta vez no puede serlo- encontrar al fin el sustantivo. Sí país o nación; si estado o región; si comunidad autónoma o conjunto de ciudadanos. No es, no puede serlo: crear nuevos problemas no es una solución. Sin una mar calmada –sin una superficie sólida- no se pueden cambiar los cimientos.
Hay una pregunta anterior a todo. Y es –qué triste- a quién puedo creer.
Dos errores no suman un acierto: La duda no es una respuesta.
jueves, 25 de noviembre de 2010
Por qué no toco el piano
Y también por qué nado tan mal
Por algún motivo que nunca he preguntado, en casa de mis padres había un enorme piano. Un enorme, sonoro y precioso piano. Nunca nadie jamás había sentido ninguna inclinación musical en mi familia. Sin embargo teníamos un piano nacarado, de teclas de marfil que me gustaba presionar sólo para sentir cómo reverberaban las cuerdas.
Y de alguna manera básica, primitiva e infantil sentía que podría tocarlo. Que dentro de mí latía algo, no sé bien qué, que podría ser el principio de una melodía, y que sólo podría germinar a través de esas teclas, cuyo misterio adoraba.

Iba a cumplir seis años, y mis padres me preguntaron qué quería de regalo.
No pude dudar: “Aprender a tocar el piano”.
Nunca he tenido un deseo más firme.
Pero también –debía ser muy urgente: más que la música- también tenía que aprender a nadar.
Y fue horrible.
La primera clase, que iba a ser la única, tuvo lugar en una enorme piscina olímpica de algún lugar del extrarradio. Rodeado de niños a los que no conocía. Y allí me lanzaron, agarrado a una tabla de corcho que se deshacía, con dos veces mi altura de agua por debajo, a combatir contra el ahogo.
Fue horrible. Una hora horrible.
No hubo segunda clase. A mis casi seis años, supe fingir que me había olvidado de que tenía que ir a la piscina. Y en esa segunda clase tenía que acompañar a mi amigo Fernando. Sus padres también habían decidido que tenía que aprender a nadar.
Fernando se quedó dormido en el autobús de regreso. Era argentino, llevaba apenas dos meses en España. No sabía su dirección, ni el teléfono de sus padres. El conductor se lo encontró en un asiento mientras ya volvía a su casa.
Mientras tanto, en la mía, yo estaba castigado en mi cuarto, y sólo oía a mis padres correr tras el teléfono. Llamaban al colegio, a la Policía, a la piscina, a los padres de Fernando.
Al final, apareció. Con infinita paciencia –qué útiles son los móviles: hay cosas que se dan por supuestas hasta que te das cuenta de cómo era la vida antes de ellas- el conductor del autobús rehízo todo el recorrido. Cuando Fernando creyó reconocer algo, se paró. Su madre, vuelta un mar de lágrimas, llevaba dos horas esperándole en la parada del autobús.
Aquella noche, mis padres decidieron que, como castigo por mi huída, me quedaría sin clases de piano.
No puedo decir que no fueran justos.
Al cabo de los años, un día, el piano desapareció. Probablemente lo vendieran, o tal vez lo regalaran a alguien que sí supiera tocarlo.
Y al cabo de más años, un accidente doméstico me dejó torpes los dedos de la mano izquierda.
Nunca he tocado el piano. Y nunca he nadado demasiado bien.
Y aún hoy, y no pocas veces, siento que hay algo que no puedo sacar. A veces escribo, como aquí, o en el trabajo. A veces hablo y trato de ser grave, y se me pone voz de locutor nocturno. Y a veces suspiro, y noto que hay algo, una melodía irregular que sale del alma y me atraviesa el cerebro, y el corazón, y que no sé interpretar. A veces noto música: una música que dice exactamente quién soy y qué pienso, pero no puedo hacerla entender. No puedo sacarla de mí. Y se diluye, tan imposible de capturar como un sueño.
Imagino que esa sensación que aún me hace perder el piso es mi ya vieja vocación, que grita que se siente frustrada.
Porque –y no es hipérbole- daría diez años de vida por tocar esta canción. Y que todo tuviera sentido.
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miércoles, 24 de noviembre de 2010
“I can write operas!”
Uno de los momentos más divertidos que mi recientemente descubierto –o recientemente recordado- sentido del humor me ha propiciado es este:
El escenario es el programa de Martha Stewart; los invitados, Rufus Wainwright y su madre. El motivo, un especial navideño.
La Stewart, ejerciendo de Doris Day con antecedentes, propone a sus invitados no sé bien que receta. La madre, Kate McGarrigle-Wainwright, se desenvuelve con cierta soltura. Pero Rufus...
Rufus –pobre- intenta en primera instancia colaborar con su progenitora tal y como lo haría un niño pequeño. Se acerca, sonríe, mira con interés y distancia. Tienta con la mano la posibilidad de tocar los ingredientes, pero sin mucha insistencia. Y la retira, claro, sin ningún recato. La Stewart, ya en el papel de hacendosa-tía-que-todo-lo-sabe-y-en-la-cocina-más, le dice –en inglés, pero no estamos aquí para traducciones precisas-: “Niño, que tú también tienes tu pastel para amasar”.
En pleno sonrojo, Rufus agarra el mazo y, en cuestión de pocos segundos, desarbola la masa homogénea y perfectamente cuidada que le había dejado preparada la Stewart. Lo que podría haber sido un brownie, o similar, se convierte en plastilina en manos de un niño de tres años. La Stewart, claro, vuelve a mutar, y se inocula en Kate: ambas se convierten en ‘Señoras que se ríen de sus hijos cuando intentan emprender cualquier labor doméstica”.
-Mira que es torpe…- Parece que dice una
-Que así no se coge… Estira, estira- aconseja la otra
-Si es que no se le puede dejar solo, si es un niño de teta… ¡No se le puede dejar solo! -concluyen con escarnio
Y Rufus, en un ataque de testosterona, replica:
-¡Eh! ¡Puedo escribir óperas!
Hoy se ha sabido que Rufus Wainwright será compositor residente de la Royal Opera House de Londres. Me gusta pensar que el intérprete de mis –aún- himnos del alivio habrá sonreído. Kate McGarrigle murió no hace mucho. Su hijo le ha dedicado su último disco, que presentó en una gira extraña, fúnebre y emotiva: pidió al público que se mantuviera en riguroso silencio cada vez que interpretaba, al completo, su último trabajo. Sólo quería silencio, un piano y sus recuerdos. Ser testigos de un acto tan íntimo ya es demasiado premio para los paganos.
Quizá Rufus haya sonreído.
Sí, es cierto. Puede escribir óperas.
Y preciosas canciones.
La Stewart, ejerciendo de Doris Day con antecedentes, propone a sus invitados no sé bien que receta. La madre, Kate McGarrigle-Wainwright, se desenvuelve con cierta soltura. Pero Rufus...
Rufus –pobre- intenta en primera instancia colaborar con su progenitora tal y como lo haría un niño pequeño. Se acerca, sonríe, mira con interés y distancia. Tienta con la mano la posibilidad de tocar los ingredientes, pero sin mucha insistencia. Y la retira, claro, sin ningún recato. La Stewart, ya en el papel de hacendosa-tía-que-todo-lo-sabe-y-en-la-cocina-más, le dice –en inglés, pero no estamos aquí para traducciones precisas-: “Niño, que tú también tienes tu pastel para amasar”.
En pleno sonrojo, Rufus agarra el mazo y, en cuestión de pocos segundos, desarbola la masa homogénea y perfectamente cuidada que le había dejado preparada la Stewart. Lo que podría haber sido un brownie, o similar, se convierte en plastilina en manos de un niño de tres años. La Stewart, claro, vuelve a mutar, y se inocula en Kate: ambas se convierten en ‘Señoras que se ríen de sus hijos cuando intentan emprender cualquier labor doméstica”.
-Mira que es torpe…- Parece que dice una
-Que así no se coge… Estira, estira- aconseja la otra
-Si es que no se le puede dejar solo, si es un niño de teta… ¡No se le puede dejar solo! -concluyen con escarnio
Y Rufus, en un ataque de testosterona, replica:
-¡Eh! ¡Puedo escribir óperas!
Hoy se ha sabido que Rufus Wainwright será compositor residente de la Royal Opera House de Londres. Me gusta pensar que el intérprete de mis –aún- himnos del alivio habrá sonreído. Kate McGarrigle murió no hace mucho. Su hijo le ha dedicado su último disco, que presentó en una gira extraña, fúnebre y emotiva: pidió al público que se mantuviera en riguroso silencio cada vez que interpretaba, al completo, su último trabajo. Sólo quería silencio, un piano y sus recuerdos. Ser testigos de un acto tan íntimo ya es demasiado premio para los paganos.
Quizá Rufus haya sonreído.
Sí, es cierto. Puede escribir óperas.
Y preciosas canciones.
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martes, 23 de noviembre de 2010
Everybody’s gotta learn sometime
Imprudente ataque de vanidad que está padeciendo el NáuGrafo. La foto es de Spanglish Point of View

Resultaba insoportable.
Tenía que comprar el desayuno –huevos, leche, beicon- y la cena completa –dos botellas de vino-. Y aquella anciana no dejaba de hablar.
-¿Sabe qué le pasó a la señora Auster?- preguntó la mujer a aquel pakistaní que, sin entender una palabra, metía en bolsas de papel reciclado el apio, los calabacines, las judías, que ella sacaba con exasperante lentitud del cesto de plástico.
-Ya volveré cuando esta vieja no esté contando su vida- gruñí. Salí del Deli dejando atrás un silencio ofensivo.
Ése fue el recuerdo que me atormentó en el geriátrico. Respiraba con dificultad, y no era capaz de recordar cuándo había recibido la última visita.
sábado, 20 de noviembre de 2010
Se nota que no es Findus
O por qué nunca me dieron una bofetada a tiempo
Era verano, y mis padres tenían que hacer un viaje a Madrid. Por no llevarse al niño, o por disfrutar de más intimidad –ejem-, decidieron dejarme unos días –no creo que fueran más de tres- en el pueblo de mi Tata. Con ella.
Yo era un niño de ciudad, pero aquel pueblo terroso de 400 habitantes me pareció enorme. Erróneamente enorme.
“¡Qué parque más grande!”, dicen que grite al poco de bajar del coche, un 127 color verde oliva.
“¿Y dónde hay que echarle las monedas a las ovejas para que funcionen?”, preguntaba tiernamente, y supongo que causando leves sonrisas –o severos gestos, quién sabe- a aquel puñado de recios castellanos que vivían entre polvo, sudor y hierro.
Debía ser 1980 y yo era un niño de ciudad. Y pésimo comedor. En unas vacaciones me alimenté exclusivamente de patatas fritas y trinaranjus. Para entonces tampoco había evolucionado demasiado. Los bocaditos de patatas de Findus –bolitas, de aquí en adelante- eran la columna vertebral de una dieta que constaba, básicamente, de columna vertebral. La parte más importante del equipaje que dejaron mis padres para aquellos tres días en Huerta era una caja de bolitas. De Findus. “Es eso, o la inanición”, debieron decirles.
Al segundo día, las bolitas se habían terminado. Mi pobre Tata y Pili, su hermana, no sabían que eso significaba la rebelión. El motín. La protesta violenta. Ríete tú del Dos de Mayo.
-Bolitas –contesté con los ojos muy abiertos, y con expresión de “Señora, ¿usted por quién me ha tomado?
-Ay, chico… Pues se han acab..- mi Tata no le dejó terminar
-Deja, deja… Tú vete a jugar y ahora te las hacemos, ahora- medió mi Tata mientras me acompañaba a la calle, a esa misma calle por la que transitaban hermosas ovejitas a las que yo buscaba la manera de meterles cinco duros para que funcionaran. (No, no encontré la manera. Listos. Simpáticos).
Así que mientras yo trataba de entender las leyes de la naturaleza con una moneda de 25 pesetas en la mano, aquellas dos hermanas hicieron… Lo menos probable. En vez de freír dos huevos y hacérmelos comer, bofetada mediante, sacaron las patatas. Hicieron puré –que había que hacerlo, que entonces Magi no te ayudaba-, con tremenda paciencia amasaron pequeñas bolitas de patata; las empanaron y las metieron en la caja de Findus, que conservaban como reliquia y objeto para el engaño.
Mi Tata me llamó. Volví a entrar en su casa con mis cinco duros en la mano y la duda de cómo metérselos a las ovejitas –suena duro, pero era así- Muy teatralmente, trató de engatusarme.
-¡Ay chico, mira tú qué bien! ¡Que pensábamos que se habían acabado las bolitas, y está la caja llena!- gritó- ¿Menuda suerte, eh?
Yo era –repito- un niño de ciudad. Y como tal vez no supiera cómo narices hacían las ovejas para andar sin necesidad de cinco duros, pero sabía distinguir perfectamente entre las industriales, artificiales y perfectamente redondas bolitas de patata de Findus –por cierto: no creo que aquella pasta pegajosa que contenían viniese de la patata, ni hubiese estado enterrada jamás en campo alguno- y aquellas más grandes, más irregulares, más naturales y objetivamente mejores bolitas artesanales.
Pero yo era un niño de ciudad. Y tenía que liarla.
-Pero… No.. Pero… ¡Esas no son mis bolitas!
-¿Pero cómo no van a serlo? Mira… Si es la misma caja que ayer ¡Si son tus bolitas, hijo!- soltó Pili con evidente tono de disculpa (Quizá no supiera de ovejas, pero sí de mentiras. Aunque fueran piadosas)
-¡Que no¡ ¡Que mis bolitas son diferentes, y más pequeñas, y están congeladas! ¡Aghaghagah! ¡Quiero mis bolitas!
-Pero chico, que son esas, pero que… Con el calor… -improvisó mi Tata- Y como estamos aquí en el pueblo… Pues...
-¡¡¡¡Aggggh!!! ¡¡¡¡Noooo!!!! ¡¡¡¡Quiero mis bolitas!!!!
-Pero chico, que son esas, pero que… Con el calor… -improvisó mi Tata- Y como estamos aquí en el pueblo… Pues...
-¡¡¡¡Aggggh!!! ¡¡¡¡Noooo!!!! ¡¡¡¡Quiero mis bolitas!!!!
Por supuesto, nunca probé aquellas bolitas. Se las cenaron ellas –pobres-, y aún intentaron convencerme. Sólo su infinita paciencia –se estaba rifando un infanticidio, y yo y mis cinco duros no hacíamos más que comprar números- evitó que la sangre llegara al río.
Me fui a la cama sin cenar. Vale. Pero fiel a mi lema: ‘Bolitas o muerte’.

Mi Tata y Pili, agotadas por la impertinencia del niño que fui, tras conseguir meterme en la cama y ceder al hecho de que no quisiera ponerme el pijama –“Quiero dormir en calzoncillos. Como mi padre”, exigí. Mi padre JAMÁS ha dormido calzoncillos, debo aclarar-, hicieron lo que se hace en todos los pueblos en verano: sacar una silla a la calle y disfrutar del fresco de la noche.
Para su infortunio, fueron a poner la silla debajo de la ventana del cuarto donde dormía.
-¡Ay, chica! -soltó Pili- ¡Pero cómo se ha puesto tu niño! Hay que ver… ¡Hay que ver!
Y entonces –el sorteo para el infanticidio aún no se había celebrado-, un meco de cinco años abrió de par en par la ventana y gritó:
-¡¡¡¡¿¿¿¿Pero queréis callaros ya????!!!! ¡¡¡¡Que no me dejáis dormir!!!!
Todavía no me explico cómo no me sacaron dos dientes de un tortazo.
Sí, si me lo explico, claro: mi Tata los detuvo. No a su hermana Pili, sino a todo el pueblo.
Puerto Urraco pudo haber sucedido antes. Pero mucho antes.
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