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viernes, 11 de marzo de 2011

Ireland Memories

O así deberían haber sido...

(Lo que me recuerda cierta conversación)

-Oye..
-¿Qué?
-Toros
-¡No!
-Sí...
-¿Dónde?
-Allí
-¿Volvemos?
-Sí...

Mpf...

sábado, 27 de noviembre de 2010

I'd like to help you in your struggle to be free

Aunque no lo parezca, es una gota de humor (*)

She said it grieves me so to see you in such pain
I wish there was something I could do to make you smile again
I said I appreciate that and would you please explain
About the fifty ways

She said why don't we both just sleep on it tonight
And I believe in the morning you'll begin to see the light
And then she kissed me and I realized she probably was right
There must be fifty ways to leave your lover


miércoles, 24 de noviembre de 2010

“I can write operas!”

Uno de los momentos más divertidos que mi recientemente descubierto –o recientemente recordado- sentido del humor me ha propiciado es este:



El escenario es el programa de Martha Stewart; los invitados, Rufus Wainwright y su madre. El motivo, un especial navideño.

La Stewart, ejerciendo de Doris Day con antecedentes, propone a sus invitados no sé bien que receta. La madre, Kate McGarrigle-Wainwright, se desenvuelve con cierta soltura. Pero Rufus...

Rufus –pobre- intenta en primera instancia colaborar con su progenitora tal y como lo haría un niño pequeño. Se acerca, sonríe, mira con interés y distancia. Tienta con la mano la posibilidad de tocar los ingredientes, pero sin mucha insistencia. Y la retira, claro, sin ningún recato. La Stewart, ya en el papel de hacendosa-tía-que-todo-lo-sabe-y-en-la-cocina-más, le dice –en inglés, pero no estamos aquí para traducciones precisas-: “Niño, que tú también tienes tu pastel para amasar”.

En pleno sonrojo, Rufus agarra el mazo y, en cuestión de pocos segundos, desarbola la masa homogénea y perfectamente cuidada que le había dejado preparada la Stewart. Lo que podría haber sido un brownie, o similar, se convierte en plastilina en manos de un niño de tres años. La Stewart, claro, vuelve a mutar, y se inocula en Kate: ambas se convierten en ‘Señoras que se ríen de sus hijos cuando intentan emprender cualquier labor doméstica”.

-Mira que es torpe…- Parece que dice una
-Que así no se coge… Estira, estira- aconseja la otra
-Si es que no se le puede dejar solo, si es un niño de teta… ¡No se le puede dejar solo! -concluyen con escarnio

Y Rufus, en un ataque de testosterona, replica:

-¡Eh! ¡Puedo escribir óperas!

Hoy se ha sabido que Rufus Wainwright será compositor residente de la Royal Opera House de Londres. Me gusta pensar que el intérprete de mis –aún- himnos del alivio habrá sonreído. Kate McGarrigle murió no hace mucho. Su hijo le ha dedicado su último disco, que presentó en una gira extraña, fúnebre y emotiva: pidió al público que se mantuviera en riguroso silencio cada vez que interpretaba, al completo, su último trabajo. Sólo quería silencio, un piano y sus recuerdos. Ser testigos de un acto tan íntimo ya es demasiado premio para los paganos.

Quizá Rufus haya sonreído.

Sí, es cierto. Puede escribir óperas.

Y preciosas canciones.

viernes, 5 de noviembre de 2010

You'll never walk alone


Por ejemplo.

EDITO (27/XI/2010): Por razones que no acabo de entender -o quizá sí-, ésta que ven es la entrada más vista de este blog. Si usted se pregunta por qué Fernando Torres va de ese color y qué es esa Cámara oscura que le patrocina, haga click aquí, y encontrará el libro que lo explica. Y si se lo compra -you better believe it- saldrá ganando. Por que no es sólo lo que parece. Y si tiene preguntas, deje un comentario. Hallará respuestas.

martes, 14 de septiembre de 2010

La pequeña Mary Royl


Hubo una vez un Invierno tan frío que decidió quedarse. Y hubo que ponerlo al baño maría para sobrevivirlo.

Pero quién se atrevía a semejante cosa.

Y en aquel pueblo, fueron a preguntar casa por casa, puerta a puerta, a todos los vecinos. Muchos se encerraron, ni quisieron saber de la empresa, que tanto era el pavor que le tenían al Invierno. Tapiaban las ventanas y cegaban las chimeneas con tal de ni oír la pregunta.

Por supuesto, la única que no cerró su puerta fue Mary Royl, la muy pequeña Mary Royl, que sin decir sí ni decir no se vio caminando hacia el norte, en busca de aquel Invierno y envuelta en cuatro bufandas y un jersey de lana...

Pasaron días en el que el que el viento fue tan fuerte hacía que Mary Royl caminara hacia atrás. Cayó tanta nieve que prefirió hacer un túnel y cruzarla por debajo que tratar de sortearla a pie. Y el frío fue tanto, tanto, que se bañó en lagos helados para entrar en calor.

Pero un día, Mary Royl se encontró al fin con el Invierno.

-¿Quien te envía?- Tronó el señor del frío
-¿A mí? Nadie. He venido paseando- contestó Mary Royl (Y no era verdad, que sólo ella sabía cómo había podido cruzar aquel glaciar de hielo y riscos saltándolos de uno en uno cada vez que podía engañar al viento)
-¡¡¡¿¿¿Paseando???!!! ¿Cómo osas insultarme?
-No te insulto. ¿Cómo voy a insultarte si ni sé quién eres? He venido a buscar al señor Invierno...
-P... Pero- el Invierno no podía creer la insolencia de esa niña- ¡Esta bien! ¡Yo soy! ¡Estás ante él!
-Ah, pues qué bien. Tanto gusto en conocerle. ¿Y sería usted tan amable de enseñarme lo que es el frío?- le preguntó Mary Royl, mientras se balanceaba y miraba al Invierno con ojos tiernos, para que no se le notara el temblor
-Pero… Pero… -el Invierno no cabía en sí- ¿Cómo que qué es el frío? ¿Vuelves a insultarme? ¿No has visto ya el viento, el hielo, y la nieve y como he congelado los mares?
-Ah… Bueno, sí. Un poquito de brisa sí que he notado- dijo Mary Royl, para provocar aún más al Invierno-. Pero me dijeron que en el norte es donde hace frío. ¿Estamos ya suficientemente al norte, señor Invierno, si es que es usted quien dice ser?

Cayeron copos de nieve tan grandes como sandías: eran fruto de la ira del Invierno, que no comprendía tanta insolencia. “Tendré que tener cuidado –se dijo Mary Royl-, no vayan a aplastarme antes de que…”.

-¡Ahora aprenderás! –le gritó el Invierno- ¡Sube a mi hombro y verás!

El Invierno, con Mary Royl en lo alto, caminó a grandes pasos, cada vez más al norte. Pasaron por sitios donde la nieve era tanta que los pocos que vivían allí miraron asombrados una de las bufandas de Mary Royl, que era verde, y dijeron que nunca habían visto un color así. Entraron en un valle que era como un museo de hielo, porque todo lo que entraba allí se congelaba, y se veían pájaros y plantas y personas de todas las épocas inmóviles y atrapados para siempre. Y el frío era atroz.

-¿Ya sabes lo que es el frío, niña?- preguntó el Invierno
-Ah, pero… ¿Ya hemos llegado?- replicó Mary Royl

El Invierno no pudo más que gritar y agrandar sus pasos. Y ya en muy poco estuvieron en el punto que más al norte está de todas las tierras.

Cuando llegaron al norte de todos los nortes, Mary Royl no podía ni moverse. Pero tuvo que seguir con su farsa para engañar al Invierno.

-Pues… Si es esto… Tampoco es para tanto ¿Estás seguro de que el frío, y el señor Invierno de verdad, no está detrás de ese horizonte?- preguntó Mary, señalando un punto lejano
-¡¡¡¡Pero cómo se puede ser tan descreída e insultante!!!- bramó el invierno, y Mary Royl creyó oír como columnas de granizo caían del cielo ya arrasaban varias ciudades
-Ah, bueno… Es que a mí no me parece tanto. ¿Tú has estado detrás de ese horizonte? ¿Seguro que allí no hace más frío?
-No, nunca he estado… Pero… Pero… ¡¡¡Esa no es la discusión!!! ¿Qué es esto???- gritaba el Invierno
-Pues acompáñame. Ven conmigo, acompáñame. ¡Que a lo mejor allí sí que está el invierno!- dijo Mary Royl.

Y el Invierno, incrédulo y derrotado, tomó de la mano a Mary Royl y caminó hacia el horizonte. “No puede ser verdad lo que me está pasando”, murmuraba.

Y al final llegaron a aquel horizonte donde, con horror, el Invierno se encontró ante el Sol, un viejo amigo de Mary Royl, que ya había preparado un océano burbujeante de agua hirviendo. El Sol empujó al Invierno al océano, que se deshizo entre grandes gritos: “¡Me has engañado, me has engañado!”.

Y así fue como Mary Royl puso al Invierno al baño maría.

En el pueblo ya todos habían salido de sus casas y habían vuelto a abrir las chimeneas, y festejaban en las calles el triunfo de Mary Royl, a la que habían preparado una gran fiesta de bienvenida.

Pero para su sorpresa un día llegó un extranjero, que traía una carta de Mary. Los mayores la tomaron, y la leyeron en voz alta. Decía así:

“Como veis, el Invierno ya se ha ido. La verdad es que le debéis un favor al Sol, así que hacedle honores. Pero yo he pasado tanto frío y a la vez tanto calor –no sabéis cómo era aquel océano hirviente-, que de regreso me paré en un pueblecito encantador. Tiene bosques de verde y ocre, las casas son de piedra y los suelos de madera. Y adorables tiendas de olores improbables, teteras divertidas y tartas con ruibarbo. La gente ni se esconde del frío ni se echa a la calle en cuanto ve el sol. Dicen que se llama Dunkeld. Y me voy a quedar aquí un tiempo bien largo. Y para la próxima, ya aprenderéis a solucionaros los problemas solos”.

KONIEK

domingo, 13 de junio de 2010

That brought on the Frisco quake

No tiene que ver -no necesariamente- con nada, pero...

lunes, 10 de noviembre de 2008

Una breve historia de decadencia

De la época en la que me gustaba recibir regalos, aún recuerdo que lo mejor era desempaquetarlos. Rasgar el papel era el regalo en sí: durante unos breves segundos, aquello podía ser casi cualquier cosa y los límites desaparecían. Quizá por eso –y por cierta tendencia a la decepción-, una vez desenvuelto el paquete había más de desilusión que de sorpresa o agradecimiento. Aquello ya era algo y no, como apenas un minuto antes, todo. Y así, poco a poco, me dejó de gustar recibir regalos [Además, podría abundar en el hábito cada vez más común de regalar siendo el hecho de regalar el fin en sí mismo del regalo. Generalmente, no se da pensando en quien recibe, sino que el motivo es la misma persona que regala: ‘Esto es lo que te doy porque pienso que es lo que te gustaría’. Y no es así. Regalar es la certeza de saber que vas a hacer feliz a quien recibe el obsequio. Y que sea así no suele ser algo común, aunque hay excepciones]

Hoy –y sé que no soy el único-, lo poco que queda de esa ilusión lo suelo encontrar en los suplementos dominicales. Por ejemplo, el de El País del pasado domingo. Detrás de la insulsa portada de una Eva Mendes a la que confundí con Cindy Crawford –que supongo que es lo que se pretendía-, encontré dos pequeñas joyas: un reportaje sobre el parque de atracciones de Coney Island y una entrevista con Lou Reed.

La cierta tendencia a la decepción que mencionaba es, creo, una inclinación a la melancolía, que también se manifiesta en la preferencia por un invierno que aquí nunca llega –por algo esto es La Casa de Nieve- y un espíritu, en cierto modo, decadente. Coney Island está en Brooklyn, y cualquiera que haya visto Smoke o Blue in the face sabrá qué significa. Brooklyn es, de los barrios que componen la ciudad de Nueva York, el más middle class, con todo lo que ello implica. Todo es sencillo, familiar, con un cierto encanto de aromas viejos que se pretende conservar. Y Brooklin es también una decepción no superada. Tras la gran depresión americana, e incluso en el tránsito de la Segunda Guerra Mundial, Brooklin vivió su esplendor, que fue modesto. El barrio, sus habitantes, fueron discretamente felices, también en torno al parque de atracciones de Coney Island. Supongo que era un tiempo más sencillo, donde aún se podía descubrir el mundo. El cine era recientemente sonoro, y se consideraba un milagro, más aún cuando la televisión era un lujo al alcance de muy pocos. El circo permitía ver maravillas de todo el mundo, y la inocencia que aún pervivía dejaba ver rostros de asombro ante un tigre enjaulado, un trapecista o risas sinceras ante el gag de un payaso. La pobreza era aún un recuerdo reciente, y en apenas una década, en New Deal de Roosevelt había generado una gran clase media que, en Nueva York, vivía en Brooklyn, tras el puente, donde el East River hacía de frontera entre Manhattan y la reciente clase media del barrio. Y, claro, estaba la radio. Y para qué seguir describiendo la nostalgia, si ya lo hizo Woody Allen en 1987.

Pero aquel Brooklyn, en cierto modo, murió. Exactamente en 1957. Para el barrio, su equipo de béisbol, los Dodgers, eran el alma, el orgullo de la ciudad. Contaban con el mejor jugador del momento, Jackie Robinson, un negro con el que no resultaba difícil identificarse: las dificultades que tuvo que afrontar en 42 de los Dodgers no distaban demasiado de las que muchos de los habitantes del barrio habían vivido en carne propia. Por eso, el título mundial de los Dodgers, en 1955, llenó al barrio de orgullo en dosis sólo equivalentes a la tristeza que sintieron los brookliners cuando, apenas dos años más tarde, el dueño del equipo trasladó a los Dodgers a Los Ángeles. Fue una triple derrota para Brooklyn: primero, ante el propio estado de California, que se llevaba a su joya a un terreno mucho más glamuroso que la modesta rivera del East River; segundo, ante Manhattan, que veía como el otro equipo de la ciudad, los Yankees, quedaban definitivamente por encima de los Dodgers, ya no de Brooklyn, sino de Los Ángeles; y tercero, ante sí mismos, que perdían su orgullo sin poder hacer nada al respecto. Así, Brooklyn entró en decadencia –los años 60 hicieron el resto- y el barrio perpetuó la nostalgia, la melancolía y un cierto estilo de vida, sencillo, de pequeños placeres, de hábitos cotidianos… De, por ejemplo, anécdotas en un estanco.

Mientras Brooklyn decaía, uno de sus hijos, Lou Reed, tomaba Manhattan. La Factory, Andy Warhol, la Velvet Underground… Reed y su música rehicieron Nueva York y crearon un cierto estilo, un inconformismo vago, quizá herencia de Brooklyn, pero desde el mismo centro de Manhattan, en la calle 33, entre Madison y Park Avenue. Latas de sopa, Elvis, Coca-Cola, Marilyn… La iconografía de los años 50 –la del esplendor de Brooklyn- envuelta por la bohemia neoyorquina y la decadencia de la propia Velvet, antesala de un glam con dosis obligadas de prozac –tal vez anfetaminas- del que Lou Reed sería emblema en la primera mitad de los 70. Por ejemplo, en Walk on the wild side.

El pasado domingo, en páginas consecutivas, leí lo poco que queda de Coney Island, lo poco que queda de lo que Brooklin fue. A través de una artista del burlesque –ni si quiera es Dita Von Teese- de aspecto newyorrican, se narra Coney Island pasa de especio decadente a un lugar sórdido, de peleas callejeras, de atracciones que no funcionan, de carteles desgajados por el óxido, de sonrisas congeladas por el tiempo, y que ya tienen un aspecto tétrico. Y, justo después, Lou Reed recita a poetas catalanes traducidos al inglés en el CCCB de Barcelona mientras lamenta no encontrar una buena traducción de Jorge Manrique en la lengua de Shakespere, hunde a Jim Morrison, se reivindica como poeta y apenas si habla de su música. Sólo lo hace para mostrarse orgulloso de que Julian Schanbel haya filmado el concierto en el que interpretó su álbum Berlin. A pesar de haberlo grabado en 1973, nunca había tocado ese disco en público. Sólo lo hizo hace un par de años. ¿Dónde? En Brooklyn. Claro.

The Glory of Love